diciembre 11, 2018

LAS PATAS EN LA FUENTE

Por Carlos A. Sortino *

Aquellas patas en la fuente no eran peronistas: eran socialistas, comunistas, radicales, conservadoras (sin sus estructuras orgánicas), algunas eran anarquistas y muchas (no sé si la mayoría) carecían de terminal político-partidaria.

El peronismo nació de ese crisol ideológico y de allí su compleja heterogeneidad. Por eso el peronismo es, al mismo tiempo, el problema y la solución. Los que insisten en achacarle sólo una de estas propiedades, no están buceando en su profundidad cultural ni serán efectivos a la hora de organizarse con él o combatirlo.

No sé si habrá peronistas y anti peronistas que suscriban mi lectura de su historia común, porque ambos son, a mi juicio, sentimientos irreversibles. Sólo sé que hablar del peronismo sin pertenecer a él es pertinente. Porque a muchos nos sigue pareciendo que un proyecto político nacional y popular, por ahora, no puede prescindir de ese movimiento. Simplemente, porque somos muchos los descendientes y herederos de las patas que hallaron alivio en aquella fuente, luego de marcarles el culo a sus rancios y retrógrados dirigentes.

Cuestión de sentido común

Nos ocupa un miserable chisperío de vanidades en confluencia con irrenunciables pequeños negocios, contaminados como estamos por ese combustible ideológico de la clase dominante, que mantiene aceitados los ejes constitutivos de nuestra cultura, de nuestro sentido común: el individualismo y la exclusión, aun en movimientos populares, nacionales, democráticos.

El personalismo no se diluye. Lo colectivo no se materializa. Porque el sentido común hegemónico coloca al “ciudadano” como único responsable de su propio destino, y, al tiempo que lo enaltece en apariencia, lo envilece en la realidad, porque si es el único responsable de su propio destino, el otro no le importa nada, el otro es tan sólo un obstáculo que debe ser removido, que debe ser desaparecido de la ruta.

Y en esta atmósfera viciada olvidamos que la política, en tanto praxis de un posicionamiento ideológico, no se agota en la gestión ni se degrada por la corrupción, y corremos detrás de la zanahoria de relatos políticos hegemónicos que sólo dan cuenta, para bien o para mal, de “la gestión” y/o de la “corrupción”. En ambos casos, el proyecto político se esfuma y la pertenencia ideológica se diluye. Es una manera de hacer política sin decirlo: gestionar eficazmente todos los medios necesarios para fabricar y sostener un sentido común que rechace la política, que alimente la antipolítica.

Será por eso que son hegemónicos. Porque articulan con el “sentido común”, que no es otra cosa que una producción cultural añeja de los centros de poder, para que nadie hable de política. Para que nadie sienta ni piense que pertenece a un campo ideológico conservador y retrógrado. Para que nadie sienta ni piense que puede pertenecer a un campo ideológico transformador y actuar en consecuencia.

Intereses propios y conciencia de clase

Pero no es necesario renunciar a ninguna identidad ni a ninguna autonomía, no es necesario diluirse en ningún sello, no es necesario convertirse en adorador de un líder carismático, no es necesario confluir en una alianza electoral, no es necesario nada de eso para articular una fuerza política alternativa. Es suficiente con reconocer un objetivo inmediato común, sin confundir táctica con estrategia, y poner manos a la obra.

Ellos, los que gobiernan, lo comprendieron perfectamente, lo pusieron en práctica y gobiernan sin fisuras. Sí, lo afirmo: sin fisuras. Porque sólo se ejerce el poder cuando se administran los propios intereses económicos y hay conciencia de clase. Así, no hacen falta líderes carismáticos. Sólo es necesario organizarse en “equipo” y crear una marca potente.

Los que no pueden ejercer el poder, dicen luchar por la necesidad ajena (nunca por la propia, porque no existe) y apelan a un líder carismático para que los ordene y los conduzca, porque su conciencia de clase reprimida (pequeño-burguesa, o sea, progresista, o sea, nada) y la ausencia de necesidades materiales sólo les permite dar testimonio de su impotencia política y echarle la culpa al líder, sin hacerse cargo de nada.

A pesar de esta evidencia, el peronismo (no sé si todo) sigue sosteniendo la antinomia “Pensamiento nacional vs. Pensamiento colonial” y deja de lado la lucha de clases. Eso es la vieja tercera posición, ni yanquis ni marxistas, burguesía nacional en alianza con trabajadores patriotas, etc. Será cuestión de seguir discutiendo cuál es el verdadero conflicto. Pero, mientras tanto, hay que juntarse para desbancar a quienes están destruyendo nuestra vida y las vidas de nuestros hijos.

La única verdad es la realidad que se transforma

¿Cuáles son los grados de poder político y económico que podremos ejercer, según cada escenario posible? No hay otra pregunta legítima para hacerse. El “escenario posible” puede llamarse confrontación, diálogo, alianza, o lo que se quiera imaginar, con o contra el poder político y económico gobernante. El “para qué” es lo que cada organización se proponga como objetivo.

Pero la cuestión central es el “cómo”, es decir, encontrar la respuesta a la pregunta de inicio. Esta es la principal dificultad para materializar el clamor manifiesto, no sé si sentido, por la “unidad”. Porque no hay una única respuesta. Y aun cuando la haya, no habrá una interpretación compartida, en términos políticos, sobre cómo llevarla a la práctica.

No hablo de la unidad del peronismo, dado que no soy peronista y no tengo derecho a hacerlo. El peronismo sabrá qué hacer consigo mismo. Hablo de la unidad del “campo nacional y popular”, es decir, la unidad de todos aquellos que nos oponemos al proyecto neoliberal en curso y exitoso.

Claro que este “campo nacional y popular” incluye, y como actor fundamental, al peronismo. Pero no se reduce a él. O a ellos: si se busca la unidad del peronismo, es porque hay varios peronismos.

¿Qué hacer?, se preguntó alguien, alguna vez. En principio, mi única respuesta es aplacar la neurosis unificadora para que cada organización política (pequeña, grande, humeante) haga lo suyo, sabiendo que hay otras también haciendo lo suyo y avanzando hacia el mismo horizonte, encontrándose en todo aquello en que se puedan encontrar. Esto se está haciendo, por supuesto, porque no hay otra salida.

Pero el asunto es su matriz ideológica: no lo tenemos que hacer para unificar, sino para articular en la diversidad. Porque con aquella pretendida unificación, corremos el riesgo de entrar en la competencia por la conquista de los otros, como hasta ahora viene ocurriendo, con los resultados a la vista.

* Referente

de la Agrupación

Municipal

Compromiso

y Participación

(COMPA)

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