diciembre 12, 2017

Tévez, China y la revolución del fútbol.

Hubo, hace unos años, una revolución. Fue banal y global: entre, digamos, 2008 y 2009 un equipo de fútbol empezó a jugar al fútbol como nunca nadie había jugado al fútbol. El Barcelona de Guardiola cambió los datos básicos: decidieron que si tenían la pelota casi siempre el contrario la tendría casi nunca y, entonces, no les metería goles y ellos, en algún momento, de tanto tenerla, sí lo harían.

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La idea parece casi boba pero llevarla a la práctica fue convertir a un equipo en una obra de arte. Eran diez muchachos que jugaban como si jugaran y uno, fuera de serie, que jugaba como si inventara el juego todo el tiempo. Messi fue el catalizador indispensable y es, también, el resultado y el mejor ejemplo del nuevo orden futbolístico mundial.

Porque Lionel Andrés Messi fue, antes que nada, un chico de 12 años que vivía en la segunda ciudad de la Argentina, jugaba sin par y no podía crecer. Literalmente: su cuerpo necesitaba unas hormonas que no producía y ni su familia ni su club podían pagárselas, así que tuvo que emigrar a Barcelona para que allí una organización poderosa se las comprara y se quedase, a cambio, con él. Una metáfora barata: irse para ser.

Aquel equipo de Guardiola incluía, además, dos franceses, dos brasileños, un mexicano, un maliense, un marfileño, un camerunés, un bielorruso, un islandés, un uruguayo: también reflejaba el nuevo orden mundial —y el nuevo orden mundial del fútbol—. En un sistema que concentra las riquezas en los países ricos, y que produce y reproduce mecanismos para concentrar más aún esa concentración, el fútbol resulta un ejemplo perfecto. Hasta hace tres o cuatro décadas, en cada país jugaban sus jugadores. Siempre había algún extranjero, algún perdido, pero eran la excepción. Así, el fútbol brasileño o argentino eran lindos de ver; el mexicano, feo; el inglés, de pelotazos; el italiano, catenaccio; el español, la furia. Y no había forma de cambiarlos porque dependían de chicos que habían mamado eso, visto eso, aprendido eso y no sabían hacer otra cosa.

Pero en 1995 un futbolista belga sin gran brillo, un señor llamado Jean Marc Bosman, consiguió que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea declarara ilegal cualquier restricción de las ligas de fútbol continentales a la participación de jugadores extranjeros en sus competiciones: la puerta se había abierto de par en par. Mientras tanto, la televisión multiplicaba los ingresos de los grandes; entre la nueva ley y los dineros nuevos, los grandes equipos europeos empezaron a monopolizar a los mejores jugadores del planeta.

En unos años, una docena de clubes había concentrado las mayores riquezas del mundo futbolístico. Sus equipos jugaban con un estilo poderoso, lujoso; la tele los llevaba a todo el planeta, sus negocios crecían. Mientras tanto, países como Argentina o Brasil se volvían exportadores de carne de futbolista. Ahora sus muchachos emigran cada vez más jóvenes y sus ligas locales son cada vez peores: las juegan los futbolistas de segunda selección, los que los ricos no se llevan. El fútbol se hace malo, torpe. En ellos, el reparto está claro: cuando un hincha quiere emocionarse va a la cancha; cuando quiere ver buen fútbol prende la televisión.

Fue un despojo más de la economía globalizada pero tuvo una consecuencia extrañamente fértil: una revolución en las formas de jugar. Los equipos ricos ya no responden a sus características nacionales: son seleccionados del mundo y, como tales, inventaron un fútbol global. Como necesitaban conquistar a millones —cientos de millones— de espectadores que no eran sus hinchas, tuvieron que mejorar el espectáculo y jugar más bonito: el fútbol que se ve ahora por la tele es el mejor que se ha visto nunca –con su cumbre, el Barcelona y su revolución—.

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Lionel Messi es uno de los jugadores que fue captado por el fútbol europeo desde muy joven, convirtiéndose en el astro del Barcelona. Credit Albert Gea/Reuters
El nuevo orden futbolero parecía establecido, sólido: esa docena de equipos gana cada vez más dinero y compra cada vez más jugadores y gana cada vez más partidos, entonces gana más dinero y compra más jugadores y gana más. Pero le ha aparecido una amenaza.

En estos días una estrella llamada Carlos Tévez dejó su club amado, Boca Juniors. Había vuelto hace año y medio tras una década triunfante en varios de los grandes europeos: proclamó que ya no le importaba la plata sino el corazón y que quería retirarse enfundado en sus colores.

“Tengo millones en el banco, pero eso no te hace disfrutar. Ver todos los domingos a mi viejo en la tribuna aplaudiéndome es impagable. La plata no compra la felicidad”, dijo entonces, y los hinchas de Boca lo recibieron como a un salvador, el héroe que devolvía al fútbol la lealtad y el amor que el dinero destruye. Hasta que hace unos días, Tévez anunció que aceptaba los 80 millones de dólares que le ofrecía por dos temporadas el Shanghái Shenhua y se volvía el jugador mejor pagado del mundo y la punta de lanza de la ofensiva china.

Tévez, dice un cálculo italiano, va a ganar en China un Porsche 911 por día, una buena cena por minuto, un café expreso por segundo. China, en cambio, ganó con él la primera batalla de la gran guerra por el fútbol. Los chinos, como suelen hacerlo, entendieron el mecanismo y quieren aplicarlo.

Si los grandes europeos pudieron comprarse el fútbol mundial a base de dinero, ellos pueden hacer lo mismo. Tienen, como suelen, un plan: el presidente Xi Jinping es un fan futbolero que armó un programa para invertirle 800 mil millones de dólares en la próxima década. Parte será para las 70.000 canchas y las 20.000 escuelas de fútbol que se construirán en todo el país, con la idea de producir unos 100.000 jugadores. Parte, para contratar a los mejores extranjeros con sueldos inigualables, y concentrar el mejor juego. Ya suenan los rumores: que han lanzado ofertas extravagantes por Messi, por Cristiano Ronaldo, por Neymar.

La ofensiva está en marcha. Si todo va bien, según los cálculos de Xi Jinping, China debería organizar un mundial antes de 2030 y ganar uno antes de 2050. Si todo les va bien, la próxima gran revolución del fútbol será china. Y los partidos de la tele pasarán a las tres de la mañana y los chicos del mundo se vestirán de Shanghái o de Shenzen, y nosotros volveremos a preguntarnos cómo fue que, como solemos, los dejamos llevárselo.

Fuente: NYTimes

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