agosto 18, 2019
teletipo

La construcción del objeto noticia.

por Carlos A. Sortino (*)

El periodismo es, antes que nada, un negocio. Se rige por las mismas leyes y persigue el mismo objetivo que cualquier otro negocio: el lucro. Pero no sólo de la empresa, sino también del sector económico en el que está inserta esa empresa y del cual es su vocera. Todo aquello que no contribuya a lograr ese objetivo, será ignorado. Y todo aquello que haga peligrar el logro de ese objetivo, será atacado. Una simple cuestión de intereses.

Periodismo, corrupción, política

Está muy bien que se investiguen y se denuncien todos los delitos enmarcados en el concepto genérico de “corrupción”, cometidos por funcionarios de cualquier gobierno. Pero un gobierno, cualquiera sea su signo político, debería ser examinado por los efectos sociales de sus políticas públicas: a quienes afectan y a quienes benefician. La corrupción no las altera, porque su comisión es posible en cualquier caso. Y, en cualquier caso, debe ser castigada.

En la década del noventa estuvo de moda en Argentina el “periodismo de investigación”, que invirtió ríos de tinta en casos de “corrupción”, lo que, según la lógica de los medios, que privilegia el escándalo a la información, ofició de cortina de humo que impidió ver en toda su dimensión los efectos sociales de las políticas públicas.

Aquellos relatos designados como periodismo de investigación resultaron funcionales al proceso neoliberal. A pesar de presentarse como una suerte de “salvaguardia” democrática, el periodismo de investigación no logró insuflar una conciencia política acorde a sus denuncias y, por el contrario, ayudó a que se produjera el retiro de los ciudadanos de la participación en la cosa pública, al mostrar y demostrar, una vez y otra vez, la impunidad del poder político (contadas veces la del poder económico), con lo que también mostró y demostró, una vez y otra vez, la inutilidad de la participación política como método de transformación.

Hay una teoría que esgrimen muchos periodistas: la sucesión de casos de corrupción, aunque despojados de la trama, llevará a la sociedad a encontrar por sí misma esa trama, a tomar conciencia sin paternalismos sobre cuál es el verdadero conflicto.

Los hechos indican otra cosa: la sucesión de casos de corrupción despojados de la trama que los explica sólo ha conducido al descrédito de la actividad política. Esa sucesión de casos ha criminalizado la política, la condujo a integrar el concepto jurídico de asociación ilícita. El poder económico se mantiene indemne, porque, después de todo y no sin cierta lógica, la sociedad sostiene que sus abusos son consecuencia de la corrupción política. Lo que le falta a esa lógica es la identificación del agente corruptor.

Si el periodismo descubre prácticas corruptas (económicas o políticas), pero no indaga sobre sus condiciones de producción (necesariamente ligadas a ineficaces o cómplices políticas públicas) y no persigue las causas por las cuales casi nunca son condenadas (también por ineficacia o complicidad), sólo es una pieza más en la “estrategia del escándalo”: descubre la corrupción, pero encubre su sentido. Pone a la vista de todos la impunidad del poder político (rara vez la del poder económico), colaborando así en la desafección colectiva por la cosa pública, lo cual fortalece el sistema corrupto, sea cual fuere el sentido social de las políticas públicas.

Negocios privados, políticas públicas

Dado que vivimos organizados jurídicamente, no sólo nos interesan (a los periodistas) las políticas públicas (acciones u omisiones del poder político que conduce el Estado, en cualquiera de sus manifestaciones), sino también los negocios privados (acciones u omisiones del poder económico, en cualquiera de sus manifestaciones), en tanto están sujetos a aquellas políticas públicas (hay deberes y obligaciones de las empresas privadas en materia de medio ambiente, de seguridad e higiene, de condiciones de trabajo, de salud pública, de aportes fiscales, etc.).

Así que nos interesa probar el grado de influencia que alcanzan sobre las políticas públicas los distintos sectores que conforman el universo de los negocios privados y viceversa. Porque, por un lado, la teoría política (que muchas veces entra en contradicción con la práctica) señala que hay una necesidad social de la población y una expectativa política de sus representantes en el Estado (basada en un proyecto de país), que se conjugan en cada una de sus políticas públicas (ley, decreto, sentencia). Y porque, por otro lado, la teoría económica (que rara vez entra en contradicción con la práctica) señala que en los negocios privados sólo existe una regla: obtener el máximo beneficio con el menor costo.

Entre los negocios privados y las políticas públicas se establece, entonces, una relación conflictiva, de tensión permanente, dada la disparidad de criterios que guían a unos y otras. Entonces, ¿cómo se resuelve, en cada caso, este conflicto? ¿quién cede qué a cambio de qué? ¿cuáles son los efectos sociales resultantes?

El punto culminante del periodismo se alcanza cuando se logra investigar, analizar y mostrar el funcionamiento del poder económico, su relación con el poder político y los efectos sociales que derivan de esa combinación. La cuestión no sólo es describir cómo funciona un sistema, sino, además, demostrar para qué sirve.

Pero no podemos olvidar que los medios forman parte del poder económico. Y que uno puede ser empleado de cualquiera de esos medios o ser un free-lance. Da lo mismo. El empleado está bajo el imperio de su empleador, que tiene intereses económicos y políticos que defender y que atacar, por lo que debe ajustar a esos intereses la producción de su empresa. Y el free-lance tiene que lograr un producto vendible para ese mismo empleador (en este caso, comprador). También está bajo su imperio.

Un periodista nunca es libre, salvo que comparta el campo ideológico del empresario que lo emplea o le compra su producto. Cuando no comparte ese campo ideológico, es, simplemente, un esclavo de sus necesidades materiales. Y, como tal, una persona que vende su poco o mucho talento al mejor postor, como cualquier trabajador.

Usos, costumbres, pregones

El periodismo es utilizado como herramienta política de esos aparatos ideológicos del Mercado y/o del Estado que componen los medios de comunicación, piezas tácticas (muchas veces, estratégicas) del poder (político y/o económico) dominante. El periodismo que se auto proclama alternativo a ese poder dominante es igualmente utilizado como herramienta política de aquello que, a primera vista, podría ser llamado el contra-poder: organizaciones de cualquier tipo que se oponen al poder establecido (político y/o económico), más allá o más acá de cuál sea la valoración que hagamos y/o que hagan acerca de su validez y eficacia.

Si bien esta ratonera pareciera conducirnos hacia la desesperación, sólo se trata de comprender las reglas de juego, para saber cómo utilizarlas, en función de qué objetivos y qué reales intereses defendemos y atacamos cuando ejercemos nuestro oficio de periodistas. Estoy hablando del periodismo que cada uno de nosotros puede hacer, según reflexione antes (o no) y según reconozca después (o no) desde cuáles fundamentos y hacia cuáles objetivos, lo que le hará medir (o no) cuál es la proyección de su fuerza dentro del sistema en el que está inserto.

Algo que pregonaba cuando era docente universitario era la preocupación por resolver (o, al menos, reconocer) la contradicción fundamental en que estábamos atrapados (y aún lo estamos): la pretensión de que el único horizonte de la tarea universitaria sea elevar la calidad profesional, ideológica y práctica de nuestros estudiantes, lo que entra en conflicto con los requerimientos del mercado laboral (los medios), que sólo incorporan mercenarios o personas con ideas afines a su línea editorial (que no es otra cosa que una manifestación político-ideológica encubierta, derivada de aquel interés anotado líneas arriba), para que los periodistas no profundicen nada, para que escriban o digan noticias sin contexto, para que no sobrepasen ni por accidente la media cultural con la que salimos de la escuela primaria.

Oficio, riesgo, ignorancia

No tomo el oficio de periodista como la mera descripción de una praxis. Sería, en tal caso, un abordaje injusto, dados los efectos sociales que esa praxis efectiva o potencialmente provoca. Porque siendo una mera descripción no puede albergar la finalidad de trascender su objeto y sólo se presenta como un discurso justificador, tenga tal descripción un sentido crítico o apologético.

Desde esta perspectiva ideológica, la cuestión central para el periodista es qué hacer con esta praxis, cómo transformarla o cómo conservarla, desde las necesidades y expectativas de quiénes y cuáles son esas necesidades y expectativas. Y la cuestión central para el pueblo es conocer la lógica de construcción de las noticias, para saber qué está leyendo, viendo o escuchando en cada caso.

Cualquier teoría del periodismo supone que el destinatario de los actos informativos que producen los medios, a través de sus periodistas, es el pueblo. Se supone que cuando uno habla del otro, lo hace para un tercero que está (o debería estar) interesado en conocer los actos del otro y no los dichos de uno.

Si no es así, cabe concluir, entonces, que destinatario es metáfora o analogía de recipiente (es decir, objeto) y que eso es lo que viene a ser el tercero (léase pueblo). De allí que en estos casos cuando uno habla del otro y el otro habla de uno, lo que hace cada uno es hablar sobre sí mismo.

Si es así -esto es, de ser destinatario analogía o metáfora de actor (es decir, sujeto)-, cabe advertir, entonces, que el tal tercero aparece en escena, en tanto actor, sólo cuando ya no puede, en tanto recipiente, contener más gotas y los zapatos de los unos y los otros comienzan a humedecerse.

Para que el pueblo sea respetado y alentado como sujeto de la historia, es preciso que antes sea respetado y alentado como destinatario de mensajes políticos, económicos e ideológicos capaces de vertebrar su sentir, su pensar y su actuar. Y aquí, el riesgo. No “leemos” en los medios solamente noticias que responden al concepto de “malversación” o “descripción” de la realidad. Lo que “leemos” en los medios es, fundamentalmente, un sentido de la realidad.

¿Por qué poner el acento en el periodismo, en sus condiciones de producción y en sus efectos sociales? Simplemente, porque una de las grandes mediaciones entre la realidad colectiva y la realidad individual es la praxis periodística, que legitima o impugna políticas públicas y negocios privados y con cuyas publicaciones u omisiones se construye el sentido común, que, convertido por ese mismo malabar en opinión pública, no es sólo una fuerza de la que no se puede prescindir, sino también -y en gran medida- un patrón político-ideológico.

No puede ignorar todo esto quien entra en el juego. Entrar en el juego ignorando sus reglas y regularidades o aceptándolas como únicas posibles -el peor y el más común de los casos- supone que la incidencia política que tiene el periodismo sobre la sociedad no podrá ser controlada por los periodistas y los periodistas ni siquiera se darán cuenta de ello.

(*) Referente de la Agrupación Municipal Compromiso y Participación (COMPA)

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