septiembre 23, 2019
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Tradiciones y rupturas en la deriva social

Por Carlos A. Sortino (*)

De tradiciones y rupturas está hecha la historia que formamos con los juicios y prejuicios que nos forman. Marchamos por la vida, aparentemente inalterables, pero con cada paso nos alteramos los unos a los otros.

Trocamos prejuicios en juicios y juicios en prejuicios, rompemos tradiciones y en esa ruptura fundamos tradiciones originales. La deriva social resulta diversa y muchas historias dan cuenta de tan vital trayectoria. Pero detrás de cada historia, detrás de cada tradición, detrás de cada ruptura, detrás de todo, hay un común “caldo de cultivo”. Es lo que intentamos describir aquí…

Instituciones

Nuestra calidad de vida individual y colectiva está condicionada por (y en muchos casos depende de) los imperativos materiales e ideológicos del complejo institucional que nos ordena. Sentimos, pensamos, decimos y actuamos dentro de los límites de este complejo institucional, signado por su forma jerarquizada de vinculación entre grupos dominantes y dominados.

Cuando hablamos de “complejo institucional”, estamos hablando de la estructura de correspondencias entre el campo de las relaciones políticas, el campo de las relaciones productivas y el campo de las relaciones sociales (1).

Cada uno de estos campos contiene sus propias fuentes de poder, tiene una finalidad consecuente con su naturaleza y, en función de alcanzar esa finalidad, sus actores producen entre y dentro de estos campos los medios materiales e ideológicos que necesitan, lo que supone la existencia de contradicciones y conflictos internos y entre sí.

Proyecciones

La finalidad del campo de las relaciones políticas es el poder, que se organiza en torno de la capacidad de sus actores de instituir la propia naturaleza de ese poder: cómo decidir el régimen de selección y circulación de las élites, cómo establecer las relaciones entre gobernantes y gobernados, quienes deben hacer la ley y quienes deben obedecerla, qué perfil productivo se pretende y cuáles son los criterios básicos para la producción y distribución de la riqueza.

La finalidad del campo de las relaciones productivas es el lucro. Su fuente de poder se organiza en torno de la posesión de los medios de producción y de cambio y del consecuente modo de producción de los bienes y servicios que se consideran necesarios.

La finalidad del campo de las relaciones sociales es la libertad. Su fuente de poder se organiza en torno de la capacidad de sus actores para elegir qué tipo de protagonismo se asignarán en el complejo institucional o para seguir aceptando la asignación de sus diferentes posiciones en la comunidad (estratificación en clases), según los dictados que surgen de los campos económico y político, cuyas necesidades combinadas les fijan el límite de sólo ser sus sostenedores materiales.

El complejo institucional, que incluye dialécticamente aquellos campos, tiene una finalidad declamada como lógica, que es la Justicia. Pero decimos “declamada”, porque a poco de analizar las finalidades de cada uno de los campos que lo componen, no vemos que aparezca la Justicia como consecuencia necesaria. Poder, lucro y libertad no son compatibles entre sí: el poder y el lucro pueden darse la mano y marchar juntos, pero para ello deben aplastar la libertad, incompatible con ambos. Así, la finalidad de este complejo institucional no es otra que la concentración del poder y la riqueza.

Indicadores

Para transitar por la diversidad de caminos dentro del complejo institucional, las personas disponemos de una cantidad de señales, que podríamos denominar reglas colectivas (el sistema legal). Estas reglas colectivas se caracterizan por la antinomia objetiva legalidad/ilegalidad y es uno de los productos del campo de las relaciones políticas. Pero nuestro sentido común (2) las percibe como impuestas, no son significadas como propias (3).

Es en esta grieta que entra a jugar lo que sentimos como propio: nuestro interés individual (4), que se caracteriza por su condición de alegalidad y contiene la antinomia subjetiva justicia/injusticia (5). Este interés puede situarse dentro de la legalidad o de la ilegalidad, puede impulsar la institución de nuevas legalidades o forzar la legalidad instituida, según qué tipos de obstáculos les oponen las reglas colectivas a nuestros objetivos individuales, expresados sectorialmente.

Nuestro interés individual es la variable “asistémica” de este complejo institucional: es el interés que ponemos en juego estratégicamente (6), estableciendo alianzas sectoriales para la consecución de nuestros propios fines. Es esta variable “asistémica” la que permite el constante vaivén social (transformador o conservador), la que le otorga al complejo institucional su carácter material de proceso dinámico e imprevisible e inhibe su jerarquía ideal de sistema mecánico e inapelable (7).

En síntesis: ningún proceso (político, económico, social) es necesario ni es inevitable, porque todo proceso es la manifestación práctica de relaciones de poder y no de dinámicas divinas o naturales (8).

Vulgatas

Pensemos que somos jugadores de fútbol (o de cualquier deporte por equipos): hay un campo de juego y un tiempo para jugar. Nada se puede hacer fuera de ese campo. Nada se puede hacer antes o después de ese tiempo. Campo y tiempo son pre existentes, igual que las reglas: no producidos con nuestra opinión ni cuestionados por nosotros, en tanto jugadores.

Cada uno de nosotros, en tanto jugadores, sabe qué posición debe ocupar dentro del campo de juego, cuál es su misión y cómo relacionarse con sus compañeros -y también con sus oponentes- para cumplir esa misión. Cada jugador sabe también cuáles son las reglas que debe respetar, pero también sabe que puede quebrantarlas. En algunas ocasiones, el quiebre de alguna regla nos expone a una sanción inevitable; en otras ocasiones, intentamos eludir la sanción.

En ambos casos, lo que pone en juego el jugador, en cuestión de segundos, es la conveniencia o no de quebrantar la regla, es decir, su relación “costo-beneficio”. Ejemplos: hacer penal para que no te conviertan un gol, especulando con la posibilidad de que el arquero lo ataje o de que el otro lo erre, o hacerse amonestar para completar la acumulación de tarjetas y no jugar el próximo partido, pero sí el siguiente, que es más importante, o hacer un gol con la mano, esperando que el árbitro no se dé cuenta.

Todo ello, desde una “estrategia sin cálculo estratégico”, desde una repentización, que sólo es posible si el jugador está consustanciado, en el mismo sentido en que uno está consustanciado con la lectura: uno lee a primera vista cualquier papel impreso, porque está alfabetizado. Estas conductas (y muchas más) están directamente relacionadas con su mayor o menor habilidad futbolística, con su mayor o menor estructura física, con su mayor o menor velocidad mental, cualidades que, sin duda, conoce y pone en juego a la hora de acatar o quebrantar las reglas, a la hora de relacionarse con sus compañeros u oponentes.

Equivalencias

Y esto es lo que también hacemos nosotros en nuestra vida social, política, económica. Ni más ni menos: el campo es otro, el tiempo es otro, las reglas son otras. Pero lo que hacemos en y con el campo, el tiempo, las reglas, es lo mismo: “jugar bien”, es decir, procurar la satisfacción del interés de cada uno y del equipo del que formamos parte, que, además, pueden ser distintos y escindibles, aunque temporalmente vayan de la mano.

El interés individual de jugar bien tiene que ver con la aspiración a ser contratado por un club más importante y, por ende, acceder a un ingreso económico mayor y/o a un mayor reconocimiento social en un futuro cercano. Pero, mientras ese futuro se aproxima, jugar bien también satisface el interés colectivo del propio equipo.

Todos los jugadores del campo social nos comportamos más o menos así en el juego, tal como los jugadores de fútbol (o de cualquier deporte por equipos). Sólo falta decir que el campo y las reglas no las alteran los jugadores, sino los dirigentes. Si no nos satisfacen, habrá que hacer lo que pocas veces hacemos como jugadores: desoírlos, sacárnoslos de encima e inventar nuevos campos y nuevas reglas. Tan sólo eso (9).

Notas:

(1) Utilizo el concepto de campo en el sentido que le da Pierre Bourdieu: un conjunto delimitado de componentes articulados por sus interacciones y conflictos. Todo campo puede ser identificado por los productos que crea y las finalidades que persigue. Todo campo es también lugar de relaciones de fuerza y, por lo tanto, de luchas que buscan transformarlas o conservarlas. Los límites del campo están donde los efectos del campo cesan.

(2) Tomo de Raymond Williams su definición de sentido común: las relaciones sociales, sus conflictos y sus crisis, tal y como son vividas y estructuradas por las personas en significaciones, imágenes y valores.

(3) Significa también que compartimos la concepción de Cornelius Castoriadis cuando sostiene que el objetivo de la política debería ser la libertad. Pero se pregunta: “¿Cómo se puede ser libre si se está colocado obligatoriamente bajo la ley social?”. Compartimos también su respuesta: “Existe una primera condición: es necesario que se tenga la posibilidad efectiva de participar en la formación de la ley (de la institución). No se puede ser libre bajo una ley si no se puede decir que esa ley es propia, si no se ha tenido la posibilidad efectiva de participar en su formación y en su institución, incluso cuando las preferencias propias no han prevalecido (...) Libertad bajo la ley -autonomía- significa participación en el posicionamiento de la ley”.

(4) Contra el sentido común, debemos decir que la ley (las reglas colectivas, el sistema legal) no prohíbe ninguna conducta. La ley no dice: “está prohibido robar”. Lo que dice la ley es: “quien robe, tendrá tal castigo”. ¿Qué ganamos y qué perdemos obedeciendo la regla? ¿Qué ganamos y qué perdemos desobedeciéndola? Ante cada situación concreta en que la regla se nos aparezca como un límite material, aparecerán estas preguntas y las respuestas en acción estarán condicionadas por nuestra posición y nuestra disposición en el complejo institucional. Con lo cual comprobamos la veracidad de aquella frase que dejó escrita Max Weber: “Los agentes sociales obedecen a la regla cuando el interés en obedecerla la coloca por encima del interés en desobedecerla”. 

(5) Digo de la antinomia justicia/injusticia que es subjetiva, dado que definir con claridad y precisión qué es lo justo y qué es lo injusto dependerá de nuestro posicionamiento ideológico. Contrariamente, digo de la antinomia legalidad/ilegalidad que es objetiva, dado que está definida con claridad y precisión en el sistema legal. Ciertas legalidades pueden resultar injustas y ciertas justicias pueden resultar ilegales. El sistema legal no es más que el resultado político (impuesto o negociado) de un choque de intereses, que no es otra cosa que la lucha (abierta, encubierta o latente) por el acceso a recursos (intereses materiales) y/o por la hegemonía de valores y creencias (intereses ideológicos). De allí que la naturaleza del sistema legal sea el cambio constante y no la petrificación.

(6) Aquí, la cuestión estratégica debe tomarse como un sentido práctico y no necesariamente como un cálculo racional, que no todos practicamos. Está en conexión con el sentido común que describimos en la nota 2.

(7) Si pongo especial énfasis en mudar el concepto de sistema hacia el concepto de proceso, es porque considero necesario poner en crisis el sentido común, que convierte inmediata y regularmente la experiencia en una serie de productos acabados, tal como reflexiona Raymond Williams en su libro “Marxismo y Literatura”, lo que significa que “las relaciones, las instituciones y las formaciones en que nos hallamos involucrados son convertidas, por esta modalidad de procedimiento, en totalidades formadas antes que en procesos formadores y formativos”. Contra este sentido común, Williams rescata la creatividad humana y la autocreación, que encuentra “en el centro mismo del marxismo”, en contraposición a la mayoría de los sistemas con que se enfrenta, que “acentúan la derivación de la mayoría de la actividad humana a partir de una causa externa: de Dios, de una naturaleza abstracta o de una naturaleza humana, de sistemas instintivos permanentes o de una herencia animal”. Para Williams (y coincido con él), “la noción de autocreación, extendida a la sociedad civil y al lenguaje por los pensadores pre marxistas, fue extendida radicalmente por el marxismo a los procesos de trabajo básicos y por lo tanto a un mundo físico profundamente (creativamente) alterado y a una humanidad auto creada”. En línea directa con estas reflexiones, conecto el concepto de campo de Pierre Bourdieu, ya definido líneas arriba.

(8) Este concepto ha sido extraído de algún escrito de Atilio Borón, inevitable adaptación propia mediante. 

(9) El sociólogo francés Pierre Bourdieu se paró sobre los hombros de Karl Marx y vio más allá. En nuestras tierras, quien se para sobre los hombros de Bourdieu, parado sobre los hombros de Marx, es el vicepresidente de Bolivia, Alvaro García Linera. Aunque para ver más acá, para explorar y proyectar Latinoamérica. Marx, Bourdieu y Linera lo explican a su manera (Linera, además, lo pone en práctica todos los días), con un lenguaje y un desarrollo teórico mucho más complejos. Por supuesto que no son los únicos. Por supuesto que son discutibles. Pero son imprescindibles. Viene a cuento esta historia para explicitar las fuentes de información utilizadas al principio y que intenté vulgarizar al final, con el objetivo de que podamos comprender, con ejemplos simples, el comportamiento social y también el marco teórico utilizado por aquellos hombres (y por muchas otras y por muchos otros). 

(*) Referente

de la

Agrupación Municipal Compromiso y Participación (COMPA)

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