agosto 22, 2019
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Volver al mundo equivocado

Por Carlos A. Sortino (*)

En diciembre de 2017, con su reciente triunfo electoral de medio término al hombro, el presidente Macri abrió en Buenos Aires la Conferencia Ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Fue la primera vez, que yo recuerde, que un presidente de cualquier nacionalidad manifiesta en esa cumbre que, ante los intereses nacionales, hay que privilegiar los intereses compartidos con otras naciones. Ni Menem lo hizo.

Nunca más a contratiempo aquellas palabras. El sistema multilateral de comercio, cuyo eje es la OMC, tambalea desde 2008, cuando estalló la crisis de las hipotecas, que hundió a la economía mundial en una debacle y motivó la multiplicación de las medidas de protección comercial en contra de su espíritu liberal. Por eso mismo, esa cumbre fracasó, una vez más en su historia. “No hemos podido obtener resultados, no siempre es posible hacerlo”, admitió Roberto Azevedo, director de la OMC, en la sesión de clausura. Y el gobierno argentino se llevó una derrota en la negociación para el acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea (UE).

La función de la OMC, explicitada en sus propios documentos fundacionales, es “ayudar a los productores de bienes y servicios, los exportadores y los importadores a llevar adelante sus actividades”. Productores, exportadores, importadores, es decir, empresarios. Y tiene por objetivo principal “la apertura del comercio en beneficio de todos”. Por supuesto que el “todos” sólo incluye a los actores antes mencionados.

Así que Macri no se equivocó nunca: todas las políticas públicas forjadas en Argentina desde el 10 de diciembre de 2015 conducen al Libre Comercio, en un contexto regional más que favorable. Desde entonces, se han invertido groseramente los paradigmas políticos: de la regulación de los negocios privados de los inversores en función de las políticas públicas del Estado, saltamos a la regulación de las políticas públicas del Estado en función de los negocios privados de los inversores. Eso es el Libre Comercio.

Desde hace muchos años, casi toda la población del planeta está sumergida (sí: sumergida), directa o indirectamente, en eso que otrora llamábamos “globalización” o “neoliberalismo” (y que hoy se llama, simplemente, “el mundo”) a través de un gran proceso económico-político, cuya envergadura ni siquiera podía imaginarse en épocas, no muy lejanas, en que las palabras como dependencia o imperialismo formaban parte de nuestro lenguaje cotidiano.

La contraofensiva que intentó reivindicar la soberanía de los estados nacionales duró bastante en la región, con la llegada al poder político de los movimientos populares liderados por Chávez, Correa, Morales, Lula, Néstor y Cristina, entre otros, pero esa contraofensiva de nuestra “Patria Grande” ya se diluyó y volvemos mansamente al mundo. Pero ya no es el mundo soñado por el macrismo. La OMC no es lo que era y su principal impulsor, Estados Unidos, es ahora su principal detractor.

Volver al mundo

Ese mundo soñado por el macrismo, aquella “globalización”, palabreja puesta de moda en los noventa, significaba lo mismo que hoy significa “volver al mundo” o “multinacionalismo”, como dijo Macri varias veces. Es decir: la imposibilidad de los Estados periféricos (por ejemplo, los países latinoamericanos) de proyectar políticas económicas que no respondan a los lineamientos de la economía de mercado (libre comercio). Pero no se trata de lineamientos cualesquiera. No, no, no: se trata de lineamientos promovidos por las corporaciones transnacionales, en coordinación con los Estados hegemónicos (por ejemplo, Estados Unidos y los países de la Unión Europea). Caramba, qué coincidencia: son estos sus Estados de origen, asiento y desarrollo.

La base de lanzamiento del libre comercio consiste en abandonar la industria nacional (de los países “periféricos”, claro está) para dar lugar a intereses empresariales transnacionales; utilizar las mejores tierras agrícolas para producir cultivos de exportación a fin de saldar la deuda externa; recortar el gasto público en programas sociales y abandonar los programas de atención médica, educación y seguridad social universales; liberalizar los sectores de electricidad, transporte, energía y recursos naturales; y retirar las barreras reglamentarias contra las inversiones extranjeras.

Para que esto no quede como una valoración personal, como un prejuicio ideológico, voy a citar textualmente a un economista liberal muy conocido, John Kenneth Galbraith: “Globalización es un término que nosotros, los americanos, inventamos para disimular nuestra política de avance económico en otros países y para tornar respetables los movimientos especulativos del capital”. El precursor de esta historia en Argentina fue un tal Martínez de Hoz (ministro de economía de un tal Videla). Y su mejor alumno, un tal Cavallo (ministro de economía de un tal Menem), avanzó mucho más. Pero hay que completar el trabajo.

Este relato podría llevarnos a una conclusión parcialmente falaz: somos víctimas del imperialismo. Sin embargo, si bien la tríada histórica del imperialismo se cumple acabadamente (esto es: sometimiento político, sustracción de recursos económicos de los países periféricos y opresión militar), ello no podría ocurrir sin el consentimiento de la dirigencia política y económica vernácula. Estamos frente a políticas imperiales de países hegemónicos, materializadas localmente en forma sumisa por las dirigencias de los países dependientes.

El huevo de la serpiente

El mundo del que estamos hablando tiene nombre propio y una larga historia: Organización Mundial del Comercio (OMC), cuya sede está en Ginebra (Suiza), contiene a más de 160 países y se ocupa de producir y aplicar las normas que tutelan a más del 90% del comercio mundial. Su principal función es “velar porque el comercio se realice de la manera más fluida, previsible y libre posible” (toda la información está en línea en el sitio oficial de la OMC: https://www.wto.org).

La OMC nació oficialmente el 1 de enero de 1995. Argentina es miembro fundador desde ese mismo día y le otorga al tratado internacional jerarquía superior a las leyes de la Nación. Pero no empezó allí el asunto: la OMC es el resultado de un proceso anterior, iniciado en 1947 y conocido por su sigla en inglés, GATT, que significa Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio.

El GATT inició lo que se conoce como Sistema Multilateral de Comercio y tuvo como objeto de trabajo la eliminación gradual de los obstáculos al libre comercio internacional de mercancías, mediante un mecanismo de negociaciones entre Estados, que conducían a la rebaja arancelaria de las importaciones y otras medidas que significaban una progresiva eliminación de las políticas proteccionistas. La última ronda de negociaciones, conocida como “Ronda Uruguay”, culminó con la creación de la OMC.

Este organismo multilateral incorporó al proceso de libre comercio a todos los sectores denominados “servicios” (comunicaciones, bancos, salud, educación, etc.) y, a diferencia del GATT, tiene poder de policía y sus normas son de cumplimiento obligatorio. Dicen los documentos oficiales de la OMC que “aunque son negociados y firmados por los gobiernos, los acuerdos tienen por objeto ayudar a los productores de bienes y de servicios, los exportadores y los importadores a llevar adelante sus actividades”. Pero aclara: “el objetivo es mejorar el bienestar de la población de los países miembros”.

La policía del comercio mundial

Aquel poder de policía funciona en la práctica a través de dos órganos de la OMC: el Organo de Solución de Diferencias y el Organo de Examen de Políticas Comerciales. El primero es una suerte de tribunal al que concurren los Estados cuando sus empresarios les advierten que otro u otros Estados no están cumpliendo con la normativa del Sistema Multilateral de Comercio. Comprobado tal supuesto, el tribunal intima al país demandado a que cumpla con la norma por él quebrada y sugiere plazos para el restablecimiento del orden, so pena de castigos económicos drásticos. Así funciona el Organo de Solución de Diferencias, en el que la República Argentina ha perdido más de lo que ha ganado por las demandas que otros países presentaron en su contra.

En cuanto al Organo de Examen de Políticas Comerciales, tal como su nombre lo indica, se ocupa de examinar periódicamente las políticas económicas de todos los países miembros para comprobar si conducen al fin último del proceso, que es la plena liberalización del comercio internacional de bienes y servicios. A la República Argentina le toca someterse a este examen cada seis años y el último fue en 2013, con calificaciones poco satisfactorias, que en el próximo examen (teóricamente, este año) podrá superar.

En un artículo publicado en mayo de 2016, dije: “Macri no es Menem. Macri es del palo, es uno de ellos. Va a hacer las cosas bien. Hay fiesta en Ginebra (sede de la OMC)”. Me parece que no me equivoqué: lo dejan seguir soñando con ese mundo para que siga haciendo lo que tiene que hacer. Que uno de los aspectos de la globalización (la liberalización a ultranza del comercio internacional) se esté cayendo a pedazos, no significa que la dominación de unos sobre otros se haya debilitado. Esto es también lo que está en juego en estas elecciones.

(*) Referente de la Agrupación Municipal Compromiso y Participación (COMPA):

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