octubre 14, 2019
teletipo

Economía política y conciencia de clase

Por Carlos A. Sortino (*)

Desde Compromiso y Participación (COMPA) estamos suponiendo y alentando una organización política a través de la cual el pueblo pueda elegir libremente cómo quiere vivir: en qué condiciones sociales, económicas, políticas, culturales.

Sostenemos, para ello, que no sólo hace falta promover una justa y democrática distribución del poder político contra un sistema injusto y autoritario de asignación de sus recursos (Ver https://infolaplata.com/2019/06/sin-pueblo-no-hay-politica-solo-dominacion/), sino también contraponer una justa y democrática distribución de la riqueza ante un sistema injusto y autoritario de asignación de recursos económicos

Lo político-ideológico instituye la naturaleza del poder: cómo decidir el régimen de selección y circulación de las élites, cómo establecer las relaciones entre gobernantes y gobernados, quienes deben hacer la ley y quienes deben obedecerla, qué perfil productivo se pretende y cuáles son los criterios básicos para la producción y distribución de la riqueza. Así que lo que hace falta es activar nuestro derecho a la innovación política, es decir, hacer ahora lo que nadie quiso, pudo, supo o imaginó hacer antes.

Sólo necesitamos trascender los límites del republicanismo burgués y de lo políticamente correcto (y cómodo), para explorar nuevas instancias de convivencia ciudadana, diseñar mecanismos institucionales originales y disponer (y pre disponer) hacia estas exploraciones al plantel burocrático permanente del Estado, a los funcionarios políticos y a la militancia organizada. Claro que no es fácil ni rápido. ¿Quién dijo eso?

La otra economía política

Podemos explorar una reorganización económica fundada en lo que podríamos denominar, por ejemplo, Empresa Comunal Pública (ECP), autogestionada por sus trabajadores, con impulso del Estado en materia de logística y financiamiento, y control popular de aquella autogestión y de esta logística y financiamiento.

La ECP no es sólo una empresa, es un concepto: podríamos constituir tantas como sean necesarias, para ocuparse de los trabajos por los que hoy (desde siempre) las empresas privadas le facturan millones al Estado municipal, sin que nunca se hayan resuelto nuestros problemas de infraestructura, sin que nunca se hayan generado pleno empleo ni condiciones dignas de trabajo, sin ningún atisbo de satisfacción.

Estamos hablando, por ejemplo, de Recolección, Reciclado y Disposición final de Residuos, de Infraestructura de Obras y Servicios, de alumbrado, barrido y limpieza, del mantenimiento y la vigilancia de espacios verdes y cursos de agua, de la promoción de la sanidad arbórea, en tanto foco de oxigenación, medio de regulación térmica, dique de contención de lluvias y garantía de calidad del suelo.

Estamos hablando también de transformar el negocio privado del transporte (caro, inútil e incorregible) en un servicio público cuya eficacia y economía sea producto de una reingeniería del tránsito, que apunte a descomprimir de vehículos particulares el casco urbano, lo que redundará en una notoria caída de la contaminación aérea y sonora y de los indicadores de accidentología vial.

Estamos hablando también de extirpar, como actividad del Estado municipal, el mantenimiento de comedores comunitarios, la alimentación del clientelismo político y el fomento de micro emprendimientos inútiles, que sólo reproducen una subsistencia miserable. Podemos transformar esos comedores en centros de educación y trabajo, para eliminar su necesidad y reemplazarlos por pequeñas y medianas empresas comunales públicas y/o en fuentes de mano de obra calificada, que pueda insertarse en el mercado laboral a crearse y reavivarse.

¿Es que acaso proponemos estatizar todo? No: sólo pretendemos socializar lo estratégico. Y para ello no sólo es posible, sino también necesario, recuperar la histórica herramienta financiera del Estado municipal o crear una nueva.

En el marco de este desatino, la iniciativa privada no se descarta. Podemos generar una política de atracción de su inversión hacia el sector industrial, para reavivar y crear el mercado laboral al que hicimos referencia, que incluya un estricto programa de exigencias y control público, fundamentalmente sobre necesidades de desarrollo regional, condiciones dignas de trabajo e impacto ambiental.

Esta refundación del Estado Municipal requiere de una política de Responsabilidad y Rendición de Cuentas para todos los funcionarios políticos, a través de nuevos mecanismos de control público sobre la legalidad, legitimidad y oportunidad de sus actos. Y una política de Renovación de la Estructura Burocrática de Gobierno, que la racionalice para adaptarla a esta iniciativa transformadora.

No estamos hablando, con esto último, de dejar gente sin trabajo. Muy por el contrario, lo que decimos es que es necesario incentivar la conciencia política de la planta permanente de la burocracia estatal, para motorizar las motivaciones internas, lo que se traduce en una mayor ejecutividad, porque libera al máximo la iniciativa. La centralización excesiva, sin esta conciencia política, sólo frena la acción espontánea, sin el sustituto de la orden correcta y a tiempo.

La fragua bicentenaria

El hoy denominado “proyecto neoliberal” no es otra cosa que el resultado práctico de nuestra fragua cultural bicentenaria. Con esa denominación, esta fragua impide que se identifique la continuidad histórica de la hegemonía burguesa. Y no es distinto en la comuna, que en la nación o en el mundo: sus imperativos materiales e ideológicos son perfectamente adaptables al orden comunal. Sólo se diferencia su desempeño por el alcance territorial de sus proyecciones y los grados de poder y riqueza que pueden acumular sus actores.

Aquella hegemonía burguesa nos ha inoculado (y alimenta a diario) un “sentido común” que coloca como dominante la idea de que las relaciones económicas son privadas; que no están modeladas por el Estado; que los problemas de diseño institucional pueden evitarse expulsando al Estado de la economía, porque es el “mercado” quien genera la mejor asignación de recursos; que, por ello, cualquier cosa que haga el Estado será perniciosa, pues no tiene nada en qué contribuir. Todo ello para minimizar o, directamente, evitar, las consecuencias distributivas de cualquier tipo de “intervencionismo estatal”.

Sólo se ejerce el poder cuando se administran los propios intereses económicos y hay conciencia de clase, como lo está demostrando el gobierno de Cambiemos. Conciencia de clase no es sinónimo de ideología, pero su articulación es directa. Son inescindibles. Porque la conciencia de clase es práctica: es el enlace de un grupo social con necesidades y expectativas comunes, para cuya satisfacción es preciso que otros grupos sociales queden al margen. Pero para ello es ineludible arroparse ideológicamente: creer y hacer creer que quienes no comparten estos intereses y valores son enemigos de la sociedad en su conjunto o simples inadaptados.

La condición humana

La ideología dominante es la ideología de la clase dominante, supo sintetizar Marx a mediados del siglo 19. Así funciona desde siempre la humanidad. Cambian los actores, cambian las tecnologías, cambian los modos de producción y distribución de la riqueza. Pero aquella condición humana se mantiene inalterable. Y el sentido común viene a ser su vulgata, el motor cotidiano de las conductas sociales. No hay manera de batallar contra esto sin ordenar una voluntad colectiva política e ideológicamente construida, despojada de esencialismos clasistas.

Ellos, los que gobiernan, la tienen más fácil: su sentido práctico les dice que se ejerce el poder cuando se administran los propios intereses económicos y hay conciencia de clase. Sólo necesitan organizarse en “equipo” y crear una marca potente.

Ellos saben también que para gobernar el Estado, desde adentro o desde afuera del gobierno, hay que trascender los límites del puro y bruto ejercicio del poder, que para ello es necesaria la producción material de un orden social que legitime sus imperativos materiales e ideológicos, que esa hegemonía se construya y se sostenga con la instalación de un discurso del orden alterador de signo, significado y significante, que articule con los medios masivos (las llamadas “redes sociales” también lo son) para lograr una argamasa que sistematice la sensación general de invulnerabilidad de su poder instituido.

Porque el “concierto capitalista” no es sólo dominación económica. Su complejo institucional, llamado República o Monarquía Parlamentaria, fue ideado y materializado como constitución y soporte de: a) un orden jurídico que legaliza el control oligopólico de la economía; b) una organización política que subordina las necesidades y expectativas del pueblo a los intereses de ese oligopolio; y c) un sentido común estructurado para naturalizar aquel control y esta subordinación.

Para traducir todo esto a nuestra vida cotidiana, sólo hagamos la prueba de traer a nuestra memoria todo lo que han dicho y dicen los funcionarios de este gobierno y todo lo que han publicado y publican los grandes medios (replicado hasta el hartazgo por las “redes sociales”), despojándonos de todos los prejuicios posibles e intentando hacer una análisis racional de todo ello, es decir, confrontar ese “relato” con la realidad palpable en el barrio de cada uno.

El marxismo tan temido

Ha sido nombrado un tal Marx. Olvidemos las negativas connotaciones de ese apellido, inyectadas en nuestro “sentido común” a través del mismo procedimiento descripto líneas arriba. Es tan sólo uno de los tantos intelectuales que han sostenido y siguen sosteniendo exactamente lo mismo, con mayor o menor intensidad, pero que no son tan famosos como él. Ni siquiera es el autor intelectual del concepto de “clase”, que es el motivo de este breve ensayo.

Contra lo que el “sentido común” esgrime sobre el marxismo, no hay una clase “dominada”, sino amplios estratos sociales subalternos, con un factor que los unifica: su posición económica. Pero sin “conciencia de clase”, factor que los diversifica. La clase dominante, en cambio, está constituida también por su posición económica, pero tiene conciencia de ello y por eso, precisamente, domina.

Así las cosas, la cuestión de la conciencia política es el eje de cualquier transformación social y esa conciencia, por aquel factor diversificador del que hablamos antes, no puede quedar atrapada al interior de una clase socioeconómicamente pre constituida. No iremos a ninguna parte si mantenemos ese prejuicio (el “esencialismo de clase”, que no proviene de Marx ni de Lenin, ni siquiera de Guevara). El esfuerzo es construir ideológica y políticamente, desde esta diversidad, una voluntad colectiva que vaya por la hegemonía, es decir, por la dirección política, intelectual y moral (al decir de Gramsci) de la población.

Si logramos impulsar una transformación política que derive en una alteración de raíz del complejo institucional que nos ordena (Ver https://infolaplata.com/2019/04/tradiciones-y-rupturas-en-la-deriva-social/), podremos ser capaces de arrancar de su élite programadora el proceso de toma de decisión y control de las políticas públicas (que incluyen a los negocios privados), para ponerlo en manos del pueblo. Así, no sólo estaremos desequilibrando la fuente de poder político, sino también las fuentes de poder del complejo institucional en su conjunto.

Lo sabemos: la eficacia política es una cosa y la contundencia intelectual es otra cosa. Aspiramos a superar esta dificultad, sin perder de vista aquel horizonte. Porque nos hace avanzar, aunque nunca lo alcancemos…

(*) Referente de la Agrupación Municipal Compromiso y Participación COMPA

A %d blogueros les gusta esto: