noviembre 19, 2019
teletipo

Del nuevo orden al pacto social

Por Carlos A. Sortino (*)

Antes de la ascensión de Alberto a la candidatura presidencial y con Cristina en el centro de le escena, sobrevoló sobre nosotros durante algún tiempo el concepto de “nuevo orden” o de “nuevo contrato social”, que, aún sin desarrollo, supo generar expectativas. Los “oriundos del marxismo”, por ejemplo, olfateamos a Gramsci en aquellos momentos (1). Pero no.

Luego de la ascensión de Alberto comenzaron a bajarse los decibeles y hoy el concepto dominante es el de “pacto social”, también con escaso desarrollo, pero, desde una perspectiva ideológico-política, mucho menos enigmático, mucho más tranquilizador. Lo que no sabemos, aún, es si es tan sólo una estrategia para aventar fantasmas en tiempos electorales o si aquel “nuevo orden” ha quedado en el baúl de los recuerdos.

Del nuevo orden al pacto social. De lo estructural a lo coyuntural. Tal la deriva discursiva del próximo gobierno argentino por estos tiempos. Por supuesto que lo coyuntural es cruel y debe mandar, sobre todo en época de elecciones. Pero también hay que ocuparse de lo estructural, porque lo coyuntural es su consecuencia. Y, en este caso, según mi modesto criterio, van de la mano.

Legitimaciones

En tal contexto, la recuperación y el fortalecimiento de la legitimidad democrática de cualquier gobierno (en sus tres niveles: nacional, provincial, municipal) guardan una estrecha vinculación con la implementación de políticas públicas ágiles, rápidas y concretas, que impacten de manera satisfactoria sobre las necesidades y expectativas de la población. Eso significa, fundamentalmente, el concepto de representación.

Pero aun cuando ello ocurra, esta representación no alcanza. Sencillamente porque no puede, por definición, ser absoluta. Y si lo fuera, no sería democrática. Desde nuestra perspectiva ideológica, sin pueblo, no hay política: sólo dominación. Y, muchas veces, la representación política es una de sus máscaras.

Es cierto que esta representación puede albergar contenidos democráticos, que hasta logran ser dominantes, como ya lo fueron, pero eso depende de la organización política que acceda al gobierno del Estado por el sufragio popular, lo que implica también que puede albergar contenidos oligárquicos y autoritarios, que hasta logran ser, también, como hoy, dominantes.

Alienaciones

Esta disyuntiva no la explicita nadie. Estamos tan alienados en la cultura de la representación, que ni se nos ocurre pensar que somos parte del asunto y que, al ser parte del asunto, tenemos el derecho y la obligación de intervenir en cualquier debate y acción, en un pie de igualdad con quienes elegimos como representantes, porque elegir a nuestros representantes no es nuestra única dimensión posible de participación política.

El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes”, dice nuestra Constitución, marcando que nos manda un orden jurídico-político representativo y no democrático (la palabra “democracia” no está impresa en ninguna página de la tan mentada “carta magna”).

Lo que no dice la Constitución es qué tipo de metodología política tienen que utilizar los representantes para ejercer ese gobierno y esa deliberación. Por lo tanto, es perfectamente viable que puedan optar por organizar tantos foros de intervención popular en la conformación de las políticas públicas como sean necesarios. Pero ello no ocurre. Porque son los representantes los únicos que pueden convocar al pueblo y aquella alienación también los envuelve.

Imaginaciones

Volvamos a Cristina, que lo dejó sinceramente escrito: “… escucho hablar de un gobierno de unidad nacional, o de un acuerdo social y económico (…) Creo que con eso no alcanza (…) Se requiere algo más profundo y rotundo (…) Un contrato que abarque no sólo lo económico y social sino también lo político e institucional (…) Ese nuevo contrato social exigirá también la participación y el compromiso de la sociedad, no sólo en los grandes temas, sino en la vida cotidiana”.

Muchos imaginamos que este enunciado no podría ser otra cosa que una reforma constitucional profunda, lo que supone una ebullición ideológica de todas y de todos, lo que admite la intervención de todas las fuerzas políticas y sociales para llevarla adelante.

Muchos imaginamos, en esa ebullición, una reforma constitucional que diga, por ejemplo, que los jueces (al menos los de la Corte Suprema) deben ser elegidos periódicamente por el pueblo. Y también imaginamos un artículo 22 que, para los más moderados, podría quedar así redactado: “el pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de, y/o con, sus representantes”. O, para los más extremistas, así: “Los representantes deliberan y gobiernan con el pueblo”.

Deberíamos ser capaces de impulsar el salto cualitativo de la petición de derechos individuales y sectoriales a la asunción de responsabilidad y poder colectivos. Así apostamos a que nuestra intervención directa en los procesos de toma de decisión y control de cualquier política pueda asignarle un contenido social democrático.

Porque las políticas participadas amplían y robustecen en la práctica social la legitimidad democrática, dado que impulsan y materializan la intervención popular en la conformación de las políticas públicas, logrando que el pueblo no sólo reconozca a su gobierno, sino que se sienta parte activa de él. Esto es lo que llamamos perspectiva de inclusión política.

Aspiraciones

La acción política instituye la naturaleza del poder: cómo decidir el régimen de selección y circulación de las élites o cómo eliminarlas; cómo establecer las relaciones entre gobernantes y gobernados; quienes deben hacer la ley y quienes deben obedecerla; qué perfil productivo se pretende y cuáles son los criterios básicos para la producción y distribución de la riqueza. ¿Cómo que no formamos parte del asunto?

En lo político, uno tiene el derecho y el deber de promover una militancia territorial que atienda a la coyuntura, pero también una militancia temática, es decir, reflexionar, publicar y militar cuestiones estructurales más o menos complejas. Los que se quedan con una sola forma de militancia y desprecian la otra, están desperdiciando la mitad de su potencia.

Lo sabemos: la eficacia política es una cosa y la contundencia intelectual es otra cosa. Aspiramos a superar esta dificultad, sin perder de vista aquel horizonte. Porque nos hace avanzar, aunque nunca lo alcancemos…

(1) Antonio Gramsci, comunista él, nunca desdeñó la democracia burguesa. Por eso, fue diputado en pleno régimen fascista. Advirtió su advenimiento algunos años antes, cuando lo gritó desde las páginas del periódico “L'Ordine Nuovo” en su primer número, el 1° de mayo de 1919: ‎"Instrúyanse, porque necesitaremos de toda nuestra inteligencia; conmuévanse, porque necesitaremos de todo nuestro entusiasmo; organícense, porque necesitaremos de toda nuestra fuerza". No tuvo mucho alcance su arenga, porque no sólo apareció un tal Mussolini, sino que, además, el régimen fascista que había anunciado lo metió en la cárcel hasta seis días antes de su muerte.

(*) Referente de la Agrupación Municipal Compromiso y Participación (COMPA), en el Frente de Todos

A %d blogueros les gusta esto: