✍️ Por Carlos Raimundi 📰
Como todos los miércoles, y al igual que hace 30 años siendo un joven diputado, me sumé a la movilización de nuestras jubiladas y jubilados frente al anexo del Congreso.
Sentí asfixia, pero no por respirar un gas lacrimógeno o un gas pimienta, sino asfixia moral.
Esta vez traté de acceder por Callao, pero me encontré con un enorme cordón policial profusamente armado, preparado para contener a una concentración de espacios sociales, políticos y religiosos que se había reunido para repudiar la agresión que el Padre Paco había sufrido el último miércoles.
Ningún miércoles anterior había visto tan sitiadas las inmediaciones del Congreso. Celulares y carros de asalto de la policía y de la Prefectura. Muchas y muchos jóvenes armados con indicaciones de reprimir nada menos que el legítimo reclamo de quienes podrían ser sus padres o sus abuelos.

Cada uno de esos jóvenes armados que miraba, se me presentaba como uno de esos seres humanos robotizados, con el alma abducida, del último capítulo de El Eternauta (perdón por spoilear).

Esto no puede ser la Argentina, esto no es mi Argentina.
La sensación fue la necesidad urgente, imperiosa, de que nos sigamos despertando como sociedad. De que es perentorio tomarnos de los hombros y sacudirnos hasta despabilarnos de esta pesadilla y volver a utilizar toda esa sangre joven para construir una nación soberana.
Una nación VERDADERAMENTE libre, capaz de decidir su propio proyecto de desarrollo. Y no creer que somos libres porque hay un algoritmo con peluca y forma humana que llena de disparates a esas y esos jóvenes uniformados (y a otros que no lo están) y les hace creer que eso es defender la Libertad.


✍️ Platense, profe y tripero. Carlos Raimundi se ha desempeñado como Diputado Nacional y Embajador de Argentina frente a la Organización de Estados Americanos

