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6 agosto, 2020
Teletipo de Noticias

Catarsis, bravatas, ausencias, lealtades

Por Carlos A. Sortino 🖋

Las llamadas “redes sociales” son autopistas de catarsis y bravatas que, en la mayoría de los casos, carecen de fundamento y están ancladas a los relatos periodísticos de los grandes medios, que, en líneas generales, tergiversan, mienten, ocultan o, lisa y llanamente, ignoran el tema específico del que hablan.

La pandemia es un gran ejemplo. Pero también lo económico, lo social y lo político. Porque tomar la parte por el todo y montar con eso un espectáculo es su única posibilidad, si dejamos de lado sus intereses concretos.

No sólo caen en estas redes las “personas de a pie”, sino también los militantes y simpatizantes de cualquier organización política, gobernante o no. Claro que sólo quien gobierna carga con el peso de estas catarsis y bravatas, porque son la causa del “desorden político” que significa no poder conducir a la propia tropa y sienten debilitada su capacidad de mando.

Como ya dije alguna vez, las tensiones que se producen en cualquier debate público es porque estamos colonizados por la lógica de los medios (y su traslado automático a las redes), lo que implica el temor al rebote mediático de cada palabra que se dice, de cada acción que se tome, porque ese rebote contendrá, necesariamente, tergiversaciones, mentiras, fragmentaciones, títulos escandalosos o, simplemente, interpretaciones incompletas. Esta lógica es hegemónica, se inclina ideológicamente hacia la derecha y no hay a la vista, por ahora, una lógica alternativa que pueda ponerla en crisis.

La cuestión del daño que podría causarle un debate público a cualquier organización política es algo que se presume desde aquella colonización, pero aún sin demostración efectiva. De acuerdo con este prejuicio, cuando una organización política cualquiera está ubicada en la oposición al gobierno, ese debate público la debilita en su objetivo de alcanzar el poder político. Y también de acuerdo con este prejuicio, ese debate público la debilita en su ejercicio de gobierno. En síntesis: no hay lugar para el debate público.

Todo esto es posible por la ausencia de espacios internos de discusión y toma de decisiones, que puedan oficiar de dique de contención e impidan que se haga pública una discusión interna que pueda considerarse dañosa para la organización política, gobernante u opositora.

Esta lógica prejuiciosa tiene su fundamento (desde mi perspectiva político-ideológica, por supuesto) en lo que llamo el absolutismo de la representación: damos por supuesto que quienes son elegidos (para gestionar un partido, un frente de partidos, un Estado, una organización cualquiera) absorben las necesidades y expectativas de todas y de todos y tienen por misión satisfacerlas. Pero eso no ocurre nunca y está a la vista.

Así que a quienes confunden maliciosamente «fuego amigo» con discusión política, a quienes piden que no se haga público ningún debate, pero no abren instancias internas de discusión, hay que decirles que a la conducción política que se elige y nadie impone, se le exigen sólo dos cosas: que no mienta y que no amordace. La lealtad de la militancia y del voto está garantizada en cualquier circunstancia, si está garantizada en cualquier circunstancia la lealtad de su conducción política.

Sería más productivo políticamente, mientras se sostiene al gobierno del Frente de Todos (ese es mi posicionamiento político), abrir espacios internos de discusión política (no es tan difícil) y trabajar para producir una conciencia y una acción que constituyan el eje de la transformación social que se pretende.

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