EL DERECHO AL ESPÍRITU


✍ Por Carlos Sortino

El padre refunfuñaba porque era ateo, mientras la madre trataba de explicarle que aquello era otra cosa, que nada tenía que ver con la religión, porque los espíritus existen y, con fe o sin fe, podemos comunicarnos con ellos. Mientras tanto, el hijo, de unos seis o siete años, intentaba armar un marciano con su mecano.

Esa madre siempre decía que si Víctor Hugo, Charles Dickens y Arthur Conan Doyle, entre muchos otros, habían abrazado la «doctrina espírita», ella no estaba tan loca. Y ese padre, que no sabía quiénes eran esos tipos, seguía refunfuñando, mientras el hijo ahora intentaba armar un astronauta.

Ese pibe nunca vio nada sobrenatural en la casa de doña Matilde ni en la «escuelita», a las que acompañaba siempre a su madre. Tampoco escuchó una sola frase célebre, como las que más adelante escucharía de don Zenón o del cura Marcelino o de Ciudad Armex. Claro que eso lo pensó mucho tiempo después.

No tenía posición tomada aún sobre la fe o el ateísmo. A él sólo le interesaba la aventura de comunicarse con Laika, la perra soviética que fue el primer ser vivo terrestre en orbitar la Tierra y murió en el espacio, a bordo del Sputnik 2. Claro que no se lo dijo nunca a su madre ni a doña Matilde, porque primero quería comprobar si eso era posible.

Consideraba que su plan era perfecto: si ese asunto era cierto y lo dejaban comunicarse, no la llamaría por su mote popularizado, ya que Layka era el nombre ruso de varias razas de perros parecidas y la «escuelita» sería invadida por miles de canes y no podría cumplir con su objetivo. Así que la llamaría por los otros nombres con los que la habían bautizado: Kudryavka, Zhuchka o Limonchik.

En la casa de doña Matilde, muy de vez en cuando, se hacían «sesiones», pero nunca resultaron productivas, más allá de un par de desmayos y algún que otro llanto de las mujeres «convocantes» (sí: sólo mujeres y no se sabe por qué). La madre nunca se desmayó ni lloró. Y al pibe nunca se le movió un músculo, porque sólo estudiaba la situación.

Sólo una noche (sí: siempre de noche) se alteró, aunque mantuvo la compostura y nadie se enteró. Fue esa noche que miró hacia la habitación de doña Matilde y vio una pierna envuelta en tela blanca meterse debajo de la cama. Sólo una pierna. Pensó que estaba sugestionado por La Momia de Titanes en el Ring y siguió imperturbable. Al otro día, doña Matilde salió a hacer sus compras rutinariamente. Nada indicaba que hubiese encontrado algo raro en su habitación.

El pibe, entonces, pensó que aquello había sido una señal y acompañó con mayor agrado a su madre a la «escuelita». Pero nada pasaba tampoco. Hombres y mujeres, a los que llamaban «médiums», subían a un escenario, mientras el público observaba sentado en sus butacas, como en un teatro o como en una iglesia. Y sobre el escenario, esos hombres y mujeres se contorsionaban, gemían, gritaban, lloraban. Pero, como en la casa de doña Matilde, tampoco nunca se comunicaban con ningún espíritu.

Desvío: a propósito de La Momia, un par de años después le ocurrió algo que jamás le perdonaría y por lo que instantáneamente dejó de considerarlo su ídolo. Fue a un club a ver a los titanes y cuando sonó la música del luchador sordomudo, bajó de las gradas para ir a abrazarlo. La Momia, fiel a su personaje, ni se inmutó. Pero le escuchó decir: «correte, pendejo».

Volvamos: quizás no había ningún «reencarnado» entre los «médiums». Doble frustración para ellos. No tenían una vida anterior a su vida y no podían comunicarse con ningún espíritu. Pero ese era el sentido de la «escuelita», según doña Matilde: encontrar «reencarnados» para establecer comunicación con los espíritus «desencarnados» y saber quiénes son los seres queridos que aún pueblan el universo fuera del mundo material, para conocer lo desconocido y beber de su inteligencia, y, por qué no, saber quiénes son los seres queridos «reencarnados» y reencontrarse con ellos.

Todo eso, al pibe, le resultaba indiferente. Sólo quería comunicarse con Laika. Sostenía que era injusto que únicamente los seres humanos tuvieran derecho al espíritu. Porque no había ningún animal despreciable. Pero sí muchas mujeres y muchos hombres. Aún no entraba en su lógica la lógica de los adultos, que sólo comprende lo divino humanizado.

Vivía con su madre y su padre en una casilla mitad ladrillo, mitad cartón, en aquel Ringuelet despoblado de mediados de los sesenta. La madre soñaba con la vida de los espíritus, que imaginaba mucho mejor que esta vida de mierda. El padre sólo trabajaba en lo que podía para que no falte nunca el plato de comida. El pibe no proyectaba su vida como espíritu en este mundo, sino como astronauta, fuera de la Tierra. Y por eso Laika: ella le podría contar cómo es eso de viajar al espacio y, a la luz de su experiencia, revelarle el secreto de no morir en el intento.

EL DERECHO AL ESPÍRITU  integra la colección de cuentos EL DIABLO EN EL ALTAR y otras leyendas de una vida…

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