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6 agosto, 2020
Teletipo de Noticias

En tiempos de crisis: ¿Cautela o Ímpetu? Conciliación (es) y decisión(es)

Por Ricardo Gil 🖋

Disfrazar o pretender tener la potestad de veracidad en el argumento, suele basarse en la autoridad o el prestigio de la persona que lo defiende. Lo lógico sería que la veracidad o certeza no dependa de quien realiza la afirmación, sino de las evidencias y los razonamientos que la asisten.

Bueno aquí, ni una ni la otra, un análisis de opinión, una humilde opinión de un ciudadano, basada en razonamientos propios, con alguna cita o escritos de referencias históricas. Por supuesto, la simple opinión, deficitariamente fundada, o la sola opinión basada en sentires, percepciones o impresiones, sin una valoración analítica y con respeto, sólo podrá ser considerada y respetada como una opinión común más -eso espero-, y con estos escritos posibilite más análisis, más intercambio y más opiniones.

La política es el arte de lo posible”. Frase atribuida a Maquiavelo (1469-1527) pero la verdad es que no fue el único que la pronunció y por lo menos se les atribuye a Winston Churchill (1874-1965), a Bismark (1815-1898) y a Aristóteles ( 384 a.C.-322 a.C.), por lo que deberíamos pensar que fue este último, el primero que la haya pronunciado.

Alguien luego, ha corregido la frase y ha decidido que: “la política sea el arte de lo imposible”, o mis compañeros que proponen: “la política es el arte de hacer posible lo imposible”

Pero a Maquiavelo se le atribuye también, aunque posiblemente nunca lo dijo, al menos no la dejó escrita, la famosa frase “el fin justifica los medios”, ya que resume muchas de sus ideas. Y justifica para muchos el pragmatismo, en su accionar por la política.

Maquiavelo, considerado padre de la Ciencia Política moderna. Figura relevante del Renacimiento italiano. En 1513 escribió su tratado de doctrina política titulado El Príncipe, publicado en Roma en 1531, póstumamente.

El Príncipe es un tratado de teoría política. Su autor lo escribió mientras se encontraba encarcelado por la acusación de haber conspirado en contra de los Médici. En respuesta a dicha acusación, el texto fue dedicado por Maquiavelo a Lorenzo II de Médici, duque de Urbino.

Su objetivo fue mostrar cómo los príncipes pueden gobernar sus Estados –o como los gobiernos podían actuar-, según las distintas circunstancias, para poder conservarlos exitosamente y mantener­se en el poder. Para ejemplificar, hace referencia a numerosos gobernantes históricos del pasado y de su tiempo.

Sus teorías político-militares se caracterizan por dejar de lado las cuestiones relativas a la moral y a la religión. Para Maquiavelo la única virtud consiste en conservar el poder y para ello es justificable que los gobernantes se vean obligados a actuar contra la fe, la caridad, la humanidad y la religión. Ser crueles cuando corresponda o incluso asesinar si fuera necesario, aceptando que el ejercicio real de la política contradice con frecuencia la moral y no puede guiarse por ella. Tales conceptos fueron los que contribuyeron a acuñar el adjetivo “maquiavélico» cuando se hace referencia a individuos inescrupulo­sos, cínicos y calculadores.

Nicolás Maquiavelo nació en Florencia, Italia en el año 1469. Procedente de una familia noble, pero empobrecida, fue diplomático, funcio­nario público, filósofo, político y escritor, a quien se considera un auténtico precursor del trabajo de los analistas políticos y columnistas de nuestros días.

Déjenme compartir con Uds. partes del capítulo XXV, de El Príncipe:

Del poder de la fortuna de las cosas humanas y de los medios para oponérsele

No ignoro que muchos creen y han creído que las cosas del mundo están regidas por la fortuna y por Dios, de tal modo que los hombres más prudentes no pueden modificarlas; y, más aún, que no tienen remedio alguno contra ellas. De lo cual podrían deducir que no vale la pena fatigarse mucho en las cosas, y que es mejor dejarse gobernar por la suerte. Esta opinión ha gozado de mayor crédito en nuestros tiempos por los cambios extraordinarios, fuera de toda conjetura humana, que se han visto y se ven todos los días.

Y yo, pensando alguna vez en ello, me he sentido algo inclinado a compartir el mismo parecer. Sin embargo, y a fin de que no se desvanezca nuestro libre albedrío, acepto por cierto que la fortuna sea juez de la mitad de nuestras acciones, pero que nos deja gobernar la otra mitad, o poco menos. Y la comparo con uno de esos ríos antiguos que cuando se embravecen, inundan las llanuras, derriban los árboles y las casas y arrastran la tierra de un sitio para llevarla a otro; todo el mundo huye delante de ellos, todo el mundo cede a su furor. Y aunque esto sea inevitable, no obsta para que los hombres, en las épocas en que no hay nada que temer, tomen sus precauciones con diques y reparos, de manera que si el río crece otra vez, o tenga que deslizarse por un canal o su fuerza no sea tan desenfrenada ni tan perjudicial. Así sucede con la fortuna, que se manifiesta con todo su poder allí donde no hay virtud preparada para resistirle y dirige sus ímpetus allí donde sabe que no se han hecho diques ni reparos para contenerla. (…). Y que lo dicho sea suficiente sobre la necesidad general de oponerse a la fortuna.

Pero ciñéndome más a los detalles me pregunto por qué un príncipe que hoy vive en la prosperidad, mañana se encuentra en la desgracia, sin que se haya operado ningún cambio en su carácter ni en su conducta. A mi juicio, esto se debe, en primer lugar, a las razones que expuse con detenimiento en otra parte, es decir, a que el príncipe que confía ciegamente en la fortuna perece en cuanto en cuanto ella cambia. Creo también que es feliz el que concilia su manera de obrar con la índole de las circunstancias, y que del mismo modo es desdichado el que no logra armonizar una cosa con la otra. Pues se ve que los hombres, para llegar al fin que se proponen, esto es, a la gloria y las riquezas, proceden en forma distinta: uno con cautela, el otro con ímpetu; uno por la violencia, el otro por la astucia; uno con paciencia, el otro con su contrario; y todos pueden triunfar por medios tan dispares. Se observa también que, de dos hombres cautos, el uno consigue su propósito y el otro no, y que tienen igual fortuna dos que han seguido caminos encontrados, procediendo el uno con cautela y el otro con ímpetu: lo cual no se debe sino a la índole de las circunstancias, que concilia o no con la forma de comportarse. De aquí resulta lo que he dicho: que dos que actúan de distinta manera obtienen el mismo resultado; y que de dos que actúan de igual manera, uno alcanza su objeto y el otro no. De esto depende asimismo el éxito, pues si las circunstancias y los acontecimientos se presentan de tal modo que el príncipe que es cauto y paciente se ve favorecido, su gobierno será bueno y él será feliz; más si cambian, está perdido, porque no cambia al mismo tiempo su proceder. Pero no existe hombre lo suficientemente dúctil como para adaptarse a todas las circunstancias, ya porque no puede desviarse de aquello a lo que la naturaleza lo inclina, ya porque no puede resignarse a abandonar un camino que siempre le ha sido próspero. El hombre cauto fracasa cada vez que es preciso ser impetuoso. Que si cambiase de conducta junto con las circunstancias, no cambiaría su fortuna.

(…)

Se concluye entonces que, como la fortuna varía y los hombres se obstinan en proceder de un mismo modo, serán felices mientras vayan de acuerdo con la suerte e infelices cuando estén en desacuerdo con ella. Sin embargo, considero que es preferible ser impetuoso y no cauto…”

Antes de continuar, recordamos una cita de Gramsci: “Al interpretar a Maquiavelo se olvida que la monarquía absoluta era en aquellos tiempos una forma de gobierno popular y que se apoyaba en los burgueses contra los nobles e incluso contra el clero”. Sin el ánimo de interpretar a Maquiavelo y solo analizando su planteo o extracción del El Príncipe, tampoco descartamos lo expresado por Gramsci, que también utilizamos para poder extrapolar ,y disparar nuestro análisis o comentario, con nuestra actualidad.

Maquiavelo al querer explicar cómo un príncipe o los gobiernos deben gobernar sus Estados, deja sentado que no todo es administrar las circunstancias o la suerte, “las cosas del mundo están regidas por la fortuna y por Dios”, los cautos “no tienen remedio alguno contra ellas”, pero solo le da la mitad de injerencia en nuestras acciones: “pero que nos deja gobernar la otra mitad, o poco menos”. Cosa que, no deberíamos dejar de lado, a la que volveremos más adelante.

Pasando de la opción meramente reactiva de la acción gobernante o administradora, de las políticas de un Estado, a posibles acciones preventivas o precautorias haciendo así una evaluación de los riesgos posibles y preparándose para un control de esos riesgos, de manera tal que se minimicen las consecuencias no deseadas. Esto daría para todo un detalle de análisis y control de los riesgos, pero sigamos con “El Príncipe” de Maquiavelo.

De esa manera, sería posible “que lo dicho sea suficiente sobre la necesidad general de oponerse a la fortuna (léase suerte…)

¿Puede entonces un buen estadista o un buen gobernante, al servicio de su Pueblo y su Patria, dejar su gobierno librado al azar o la suerte? “… me pregunto por qué un príncipe (gobierno) que hoy vive en la prosperidad, mañana se encuentra en la desgracia, sin que se haya operado ningún cambio en su carácter ni en su conducta.”

También Gramsci opina sobre el significado de “fortuna” de Maquiavelo en El Príncipe: según LuigiRusso, tiene un doble significado, objetivo y subjetivo. La“fortuna” es la fuerza natural de las cosas (o sea el nexo causal), la concurrencia propicia de los acontecimientos, la que será la Providenciade Vico, o bien es aquella potencia trascendente con la que fantaseaba lavieja doctrina medieval -o sea dios- y para Maquiavelo esto no es endefinitiva más que la virtud misma del individuo y su potencia tiene raícesen la misma voluntad del hombre.

Se concluye entonces que, como la fortuna (suerte) varía y los hombres se obstinan en proceder de un mismo modo, serán felices mientras vayan de acuerdo con la suerte e infelices cuando estén en desacuerdo con ella.”

Entonces un gobierno librado a la suerte “que confía ciegamente en la fortuna perece en cuanto en cuanto ella cambia.” ¿Cuánto de esto vale para los tiempos actuales que nos tocan vivir? ¿Para cuantos y cuales tipos de gobernantes será así?

Seguramente para llegar al fin o cumplir sus objetivos, un buen gobierno, que se precie de tal, no dejará todo librado a la suerte, seguramente además de medidas o acciones reactivas y preventivas deberá actuar proactivamente. Incluso utilizando los recursos necesarios, de manera predictiva prepararse para el futuro.

Es cierto que hay gobernantes que “proceden en forma distinta: uno con cautela, el otro con ímpetu; uno por la violencia, el otro por la astucia; uno con paciencia, el otro con su contrario; y todos pueden triunfar por medios tan dispares.” ¿Ahora es lo mismo para la sociedad, para su Pueblo y su Nación?

¿Existe un gobierno lo suficientemente dúctil como para adaptarse a todas las circunstancias? Sin “desviarse de aquello a lo que la naturaleza lo inclina, ya porque no puede resignarse a abandonar un camino que siempre le ha sido próspero. El hombre cauto fracasa cada vez que es preciso ser impetuoso.

Ahora si hay un margen o porcentaje, tal cual lo contempla Maquiavelo, incluyendo los parámetros que se pueden controlar, inducir e incluso conducir, desde la toma de decisiones propias de un gobierno y un estado fuerte, e implementar las acciones políticas conducentes en el sentido deseado, para el bien del Pueblo y la Nación, de una manera proactiva, desde el valor de las íntegras convicciones del equipo de gobierno, por el bien y con el apoyo o sostén del colectivo: “considero que es preferible ser impetuoso y no cauto, porque la fortuna, si se la quiere tener sumisa, se deja dominar por éstos antes que por los que actúan con tibieza.”

Posiblemente sin analizarlo o explicitarlo en el concepto de “ser impetuoso y no cauto” de Maquiavelo, podamos concebir la inducción o la acción prospectiva, no solo para predecir, prevenir y estar preparados para un futuro que va a venir, sino que también podamos hacer que los hechos y resultados del futuro sean los que el gobierno espera, para el bien del Pueblo y su Nación, e incluso para el propio gobierno.

Concluyendo entonces, siempre son y han sido tiempos de política, tiempos de actuar cuando corresponde actuar.

¿Cómo actuar? En forma reactiva como reacción de gobierno y desde la conducción de parte de un Estado, quien mensura la realidad y responde a posibles acciones que no se esperan o no se corresponden con el bien común; actuar preventiva y precautoriamente, evaluando y mensurando los posibles riesgos y preparándose para su control, minimizando sus consecuencias de manera tal que las consecuencias sean mínimas.

Pero para un buen estadista y un buen gobierno, no será suficiente, también deberá contemplar actuar proactivamente, en pos de cumplir sus objetivos, un buen gobierno, que se precie de tal, sin dejar nada librado a la suerte, aunque “pasen cosas”, tiene la obligación de actuar proactivamente, obteniendo mayor control de la situación sin tantos condicionamientos al presente y en el futuro. Con el dominio de la mayor cantidad de parámetros posibles, adaptándose al manejo, respecto a los cambios implementados y a implementar, construyendo el apoyo de la ciudadanía, respetando valores y su influencia en el marco del modelo propuesto.

La acción política de un gobierno siempre debe adelantarse a su ciudadanía incluso a sus seguidores, en su relación de representante y representados, con su visión y accionar prospectiva, mediante la apropiación colectiva de las decisiones para construir un futuro común mejor para todos, con una actitud de anticipación –de anticipar para actuar y actuar para anticiparse-, de manera tal de construir el porvenir (futuro) que el gobernante desea para el bien común y hacerlo sostenible en el tiempo.

Para ello deberá considerar escenarios futuros, compararlos entre sí y escoger al mejor posible entre los que en verdad son viables desde una óptica realista, o sea concebir futuros alternativos, entre ellos seleccionar el mejor y construirlo en forma estratégica.

Como sabemos las políticas públicas contemplan diversos acuerdos, consensos y arreglos institucionales, por intermedio de los cuales el gobierno y el Estado intervienen para lograr cambios sociales. La mediación, la convergencia y la cooperación, son herramientas fundamentales para concretar los objetivos, pero las políticas públicas surgidas del compromiso del gobernante electo y su apoyo ciudadano, son fundamentales, se construyen y se legitiman en los comicios y se establecen sobre la base de la gobernabilidad, siendo necesaria la capacidad del gobierno para hacer evolucionar los sistemas sociales y económicos con un sentido, en el marco del modelo elegido y el compromiso asumido.

Entonces se construye a través de decisiones y acciones: anticipar para actuar y actuar para anticiparse.

¿Esto es sencillo? Por supuesto que no lo es!

Es complejo, no es fácil, con la complejidad y la incertidumbre que representa, la prospectiva y la acción política, se trabaja en el campo de las decisiones y se introduce en el porvenir y amplía las posibilidades del cambio que toda política sustenta; además, como un instrumento para afianzarse en la complejidad social, como destino del porvenir elegido, dándole dirección y sentido al compromiso institucional, al compromiso electoral que llevó al gobierno a administrar parte del Estado y por consiguiente se disminuye la incertidumbre. 

Por supuesto que se trabaja con la incertidumbre y los objetivos que se plantean, con la información disponible, la urgencia de tiempo, los datos contingentes (más o menos verosímiles) en contextos sociales complejos; sin dejar de contemplar en las políticas públicas los actos de innovación y de gestión. Lo innovador es la capacidad de interpretar en forma novedosa los problemas, distinguirlos, diferenciarlos y en enfrentarlos con decisiones y acciones, que complementen una gestión eficiente. 

Terminamos como empezamos entonces, en tiempos de crisis: ¿Cautela o Ímpetu? ¡Conciliaciones y decisiones! La sociedad no tiene sólo un camino ineludible, sino múltiples caminos, todos abiertos a las voluntades ciudadanas, apoyémonos y confiemos entonces en la voluntad ciudadana que se comprometió y se compromete con el modelo!

Construyamos confianza y voluntad ciudadana, que soporte las decisiones que hay que tomar y llevar adelante!

Con la cautela mínima y necesaria, pero con el ímpetu imprescindible e impostergable que los tiempos ameritan, pues gobernar es decidir y decidir es arriesgar.

Este gobierno tiene mandato por cuatro años, 48 meses, y ya pasaron 6 meses (1 de los 8 semestres), en 12 meses estaremos en un proceso de revalidación, con las elecciones legislativas de medio término, y en 3 años disputando la continuidad del modelo nacional popular y solidario. En los tiempos de la política, el reloj de los estados y sus gobiernos es implacable, avanza, transcurre cruelmente y el retraso en aplicar más medidas y de mayor profundidad, en revertir la desigualdad, nos pasará factura.

Conciliación si, cuando es necesario y conveniente; y decisiones! En definitiva se trata de gobernar para el bien común y el estado de bienestar para la gran mayoría.


🖋 Presidente del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos

Notas:

  • Nicolás Maquiavelo: El Príncipe
  • Antonio Gramsci: Cuadernos de la cárcel
  • Matías Feito: Muchas gracias por tus aportes, intercambio y sabias apreciaciones
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