LA FRANJA DE LOS OLVIDADOS


Por Carlos Sortino✍

– A ese tramo de vías de un par de kilómetros le decíamos la franja de los olvidados. En ese trayecto, desde el actual paso bajo nivel de calle 7 hasta una antigua fábrica de Hernández, ocurrieron muchas historias. O, por lo menos, eso se decía…

Desde las cúpulas de aquellas dos torres cilíndricas de metal, muy altas, pegadas la una a la otra, ambas con escaleras, descansos y algunas cabinas vacías, estrechas y petisas, se veía toda la ciudad.

– Le decíamos la franja de los olvidados porque ya nadie recuerda a aquellos muertos, ni a víctimas ni a victimarios. Hoy son sólo personajes de cuentos contados por muy pocos. Y dentro de unos años ni siquiera eso, porque los cuenteros también estaremos muertos. La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de sonido y de furia, que nada significa. Ya ni me acuerdo de dónde saqué esto.

Había en su base una especie de silo subterráneo de profundidad insospechada, repleto de cal fina. Alrededor, pequeñas edificaciones destruidas, una sola techada, con paredes caídas, agujeros de todo calibre, un par de sótanos, aberturas desnudas.

– Jugábamos en un enorme playón cercado por paredes en ruinas, sin techo, sólo con un par de estructuras peladas de hierro que lo cruzaban. Esas paredes tenían muchos agujeritos y manchas rosadas que los decoraban. “Acá fusilaban gente”, solía decirnos un viejo que iba a caminar por allí muy seguido.

La dinamitada calera de Ringuelet se levantaba a un costado de la estación de trenes y fue el parque de diversiones que atravesó la edad del pavo de algunas y muchos.

– Otro viejo, hace muchos años, decía que en la franja de los olvidados había ocurrido una batalla entre indios y cristianos, quién sabe cuándo. Habían encontrado puntas de flecha por ahí. Eran el testimonio de aquella batalla, aunque nadie supo decir qué indios eran aquellos y mucho menos qué cristianos. ¿Criollos? ¿Españoles? ¿Ingleses? Vaya uno a saber…

En esa franja de los olvidados también se recordaba la breve historia del “fullero burlón”. Se dice que encontró en uno de los sótanos de la calera “una 9”, oxidada y sin cargador. Con eso se ganaba unos mangos asustando gente, cuando esa gente no lo enfrentaba. Pero cuando alguien le hacía frente, le mostraba la culata sin cargador, se reía a carcajadas y salía corriendo gritándole que sólo era una broma. Su última correría burlona fue ante un policía de civil, que sacó su arma, que no era broma, y le pegó un tiro en la cabeza.

– El tren de carga llevaba la cal de Ringuelet a Hernández y allí entraba para que la embolsen. Pero ese tren de carga también sirvió para llevar soldados a masacrar obreros cuando tomaban la fábrica. Esa fábrica también sirvió para desaparecer gente en sus hornos y creo que alguien fue testigo de todo eso en uno de los juicios a la dictadura, pero no lo tengo muy claro…

Todas esas vidas, las vidas que otras vidas no amputaron, continuaron su vital trayectoria, con la normalidad de toda vida hasta la normalidad de sus límites naturales y ya casi nadie las recuerda, porque sólo hay memoria imborrable de aquellas historias que plantan raíces en las almas para siempre y no es el caso.

– Mucho después, cuando todo eso quedó en el olvido, aquel añejo parque de diversiones fue convertido en centro cultural por un día y lo bautizaron “Escombros”. Entre artistas y público se juntaron unas 4000 personas para hacer y disfrutar el “Arte en las Ruinas”.

Lástima que duró un solo día. Pero esa había sido la consigna: “Una institución que nacerá y morirá ese mismo día”. Estos artistas…

LA FRANJA DE LOS OLVIDADOS integra la colección de cuentos EL DIABLO EN EL ALTAR y otras leyendas de una vida…

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