La mujer ignorada por la historia

Por Carlos Sortino ✍

– Cuando yo era muy joven, recibí una encomienda que contenía un manuscrito en inglés antiguo firmado por un tal Willm Shaksp. No había ninguna nota que explicara esa anomalía. Su remitente era anónimo y la encomienda provenía de una ciudad de Dinamarca llamada Skive.

Me dijo que eso del inglés antiguo lo supo después, cuando se encontró con Salvadora. Supuso que el destinatario estaba equivocado, porque en esta ciudad la numeración se repite a partir de una calle desde la cual empiezan de cero para un lado y para el otro. Así que fue a su dirección melliza y allí se encontró con Salvadora, que tampoco sabía de qué se trataba todo eso, aunque se interesó por aquella anomalía y comenzaron a encontrarse periódicamente.

– Me dijo Salvadora que ese era uno de los autógrafos conocidos de William Shakespeare, que nunca firmó así sus obras, aunque en su testamento sí lo hizo. La ortografía en tiempos isabelinos no era fija ni absoluta, dicen los que saben.

Así las cosas, ambas comenzaron a indagar de qué se trataba aquel capricho shakespeareano. Pudieron descifrar que era el manuscrito de una obra de teatro y que ninguno de sus personajes resultaba conocido. No tenía título y no podían sospechar su contenido, dado que Salvadora sólo conocía del idioma inglés lo que lograba recordar de la escuela secundaria. Y ella, ni eso. Pero no era inglés antiguo.

– Hubiese preferido que el manuscrito fuera de Cervantes, me dijo Salvadora. Yo también. Puedo leer castellano. Pero no. Era de Shakespeare. Y entonces me contó que no le agradaba lo que habían hecho y siguen haciendo con él biógrafos, historiadores, académicos, críticos, porque lo han convertido, a él y a su obra, en algo que el comediante y dramaturgo ni siquiera imaginó. El sólo se ganó la vida con su talento, imaginando y poniendo en escena un teatro de aventuras, un teatro de capa y espada, para entretener a los hooligans de entonces, que, a falta de fútbol, acudían al teatro. La filosofía, el romanticismo, la política, todo eso se agregó después.

Por aquellos tiempos remotos, Shakespeare y sus contemporáneos escribían y actuaban para ganar dinero, sin contexto. Igual que hoy. No sé si alguien cree de verdad que el escritor escribe para él, para sus amigos y para atenuar el curso del tiempo. Eso es un invento del siglo XX. Eso es tan sólo un contexto. Leer a Shakespeare sin contexto, es decir, sin lo que otros le han agregado, es como leer a cualquier escritor ignoto, porque la situación de lectura no la construye el escritor, sino su entorno, presente o futuro. Eso creí entender de todo lo que Salvadora le había dicho a aquella jovencita que muchos años después me lo diría a mí.

– La verdad es que nuestra investigación no avanzaba hacia ningún lugar. Bueno, «nuestra» es mucho decir. Yo sólo la acompañaba. De puro curiosa, nomás. Y muchas veces gritaba: ¡Que hable el silencio, carajo!, luego de largos tiempos de no decir una palabra, con ella envuelta en diccionarios tratando de descifrar el manuscrito. Hasta que un día gritó: ¡Cardenio! Y salió corriendo a su biblioteca. Volvió con el Quijote.

Cardenio es una pieza teatral perdida que se atribuye a John Fletcher y William Shakespeare. Se conoce porque fue representada dos veces en 1613. Pero poco después, un incendio destruyó el Teatro Globe londinense, a las orillas del Támesis, y con él los originales. La obra fue buscada y falsamente reconstruida por muchos a lo largo de casi 400 años, hasta que una versión fue autenticada en Inglaterra en 2007. ¿Qué tiene que ver el Quijote?

– Es un personaje menor de la obra de Cervantes, con el que se encontraron Don Quijote y Sancho en un bosque de Andalucía. Cardenio les cuenta su historia de amor y desventura con una joven llamada Luscinda y el Quijote se impresiona con ella, porque le recuerda su historia con Dulcinea. Shakespeare leyó a Cervantes, dijo Salvadora. Y se puso a escribir una carta que le enviaría ese mismo día a un amigo de España, que, según ella, era empresario teatral.

Aquel encuentro con Salvadora se produjo el mismo año en que se fundó la Royal Shakespeare Company, que celebró sus 50 años de vida con el estreno de una obra de Shakespeare sobre un personaje de Cervantes, en una coproducción hispano-británica.

– La encomienda me llegó en el otoño de 1961. Pocos días después, me encontré con Salvadora y estuvimos indagando ese manuscrito durante cinco años. Luego de enviar aquella carta, nos vimos un par de veces y unos años después me entero de su muerte. Nunca supe nada más sobre aquel manuscrito y sobre aquella carta, hasta que hace un par de meses, otoño también, me llega otra encomienda sin remitente, de aquella misma ciudad de Dinamarca, con el recorte de un diario español que anunciaba el estreno en Londres de Cardenio. Busqué el nombre de Salvadora en esa noticia, pero no lo encontré. Tampoco estaba en los créditos del folleto que entregan en el teatro, que me había llegado en la misma encomienda.

Creo que nunca se preguntaron quiénes eran, qué hacían con sus vidas. Creo que nunca se preguntaron por Skive. Creo que nunca supieron que había líneas de tiempo entrecruzadas. Nada de eso emerge de su relato seco, indiferente, desinteresado. Sólo indagaron el manuscrito. Y nunca dijo su nombre ni preguntó el mío.

– Salvadora es una mujer ignorada por la historia. Yo también. Todas. Será porque la historia la escriben los hombres. Esta historia, por ejemplo…

El Diablo en el Altar integra la colección de cuentos EL DIABLO EN EL ALTAR y otras leyendas de una vida…

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