LAS APARIENCIAS ENCANTADORAS

Por Carlos A. Sortino

La conversación ocurrió a mediados de la década del ochenta, en pleno juicio a las juntas. Había otra gente allí, pero ninguno habló. Y nadie se inmutó cuando lo dijo mansamente…

– Yo soy nazi. Pero pasivo, ¿eh?

Hérr Bash (así le decían) era jubilado de un frigorífico. Vivía en Berisso con su mujer de ascendencia española. No tuvieron hijos. Hablaba perfecto castellano, pero de vez en cuando se le notaba ese acento de los alemanes en las películas. Nadie sabe y él nunca dijo si estuvo en la segunda guerra mundial. Nadie sabe tampoco qué hizo durante las dictaduras en Argentina. Pero eso sí lo dijo…

– No hice nada. Todo lo hicieron ellos. Ya le dije que yo soy pasivo. De todos modos, no podría haber sido cómplice de cobardes. Todo lo hicieron de manera clandestina. Y a eso, súmele que eran siervos de los yanquis. Por eso terminó rápido y mal. Pero no se confunda: solamente los alemanes y los austríacos podemos ser nazis. Los demás sólo son portadores de una ideología que no sienten ni comprenden. De allí su impotencia para llevarla a la práctica.

Los inmigrantes tienen su fiesta anual en todo el mundo. Aquí también, en Berisso. En el contexto de los preparativos de aquella fiesta, la conversación con Hérr Bash cambió de rumbo. O no…

– Uno debería sentir orgullo por el pueblo al que pertenece. Pero para eso es preciso conocer e identificarse con hitos históricos, gestas heroicas, individuales y colectivas. Y que todo ello sea sintetizado en un relato épico. Por ejemplo, en Treblinka murieron casi un millón de judíos. Y sólo un nazi. Lo asesinó por la espalda un argentino. Con un cuchillo. ¿Sabía eso? Pudo haber sido un motivo de orgullo.

Sentí que eso tenía su anclaje en aquella mitología de la raza aria que otrora sembró el terror en el mundo. Hérr Bash lo intuyó…

– La superioridad de la raza sólo es un relato épico. Los pueblos necesitan una mitología que los incluya y los ensamble. Y a ello hay que adosarle una ingeniería del miedo. Hay que eliminar al enemigo, pero antes resulta necesario paralizarlo, reducirlo a su propia sombra, lograr que se enfrenten entre sí, que se traicionen mutuamente. Después de eso, la solución final…

Le dije que todo eso era un plan criminal de psicópatas, cuyas consecuencias todavía estamos pagando y quién sabe por cuánto tiempo más. Le dije que el nacionalsocialismo es tan sólo una excusa política para llevarlo a la práctica, invadir otros países y asesinar a inocentes. Y que a esa altura, ya no me parecía que fuese un nazi pasivo…

– Usted se equivoca en todo. El verdadero socialismo es nacional, pero las fronteras de la nación deben trascenderse. Esto no es internacionalismo, tampoco imperialismo. Esos conceptos son erróneos. El internacionalismo respeta a cada pueblo. El imperialismo somete a cada pueblo. El nacionalsocialismo no puede someter ni respetar a otros pueblos, porque el pueblo es uno solo: el nuestro.

Confieso que me asaltó mi instinto asesino, pero fue contenido por mi instinto de supervivencia. Se lo dije. Y le dije también que bastante había progresado la humanidad desde los juicios de Nürnberg y que aquí, con el juicio a las juntas, seguiría avanzando. Insistí, ya provocativo, en que no me parecía que fuese un nazi pasivo y que en plena democracia no podía seguir sosteniendo esos argumentos de asesino. Hérr Bash sonrió…

– Eso que ustedes llaman democracia no tiene potencia para encauzar a un pueblo. Está sujetada a la política y la política está sujetada al poder económico. Los gobiernos democráticos van y vienen, según el humor social. Y el humor social es alimentado por el poder económico. Así que es un régimen de partido único, como el régimen comunista, sólo que estos son más sinceros y transparentes. Proponen y practican abiertamente ese régimen de partido único, mientras que en la democracia de ustedes, el partido único es la mano invisible del mercado…

Hérr Bash escuchó mi silencio y reposó su mirada sobre mi cabeza, en línea al río que oficiaba de horizonte tras de mí. Estaba sentado, pierna sobre pierna, manos entrelazadas sobre ellas. Y en tono monocorde, casi sin mover sus labios, dejó escapar unas pocas palabras:

– Lo inhallable está allí. En ese círculo de luz o en ese cono de sombra. Siempre allí. Inmóvil. Inasible. Visible o invisible. Pero rozable. Tocable. Sólo tiene usted que evitar que las apariencias encantadoras alucinen su mirada entre tanto humo, narcoticen su tacto entre tanta espina…

No volví a verlo ni supe nada de él nunca más. Pero sigo percibiendo su espíritu en recorrida por el mundo…

LAS APARIENCIAS ENCANTADORAS integra la colección de cuentos EL DIABLO EN EL ALTAR y otras leyendas de una vida…

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