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Las metáforas del poder

Por Carlos A. Sortino 💻

Dije públicamente, apenas completadas las elecciones primarias de 2019, que el gobierno del Frente de Todos sería un buen gobierno burgués (pero progresista), con una política económica desarrollista (o keynesiana, como quieran) y una política social de recuperación de los sectores ya vulnerados y de protección de aquellos que se mantienen en la línea de flotación de la vulnerabilidad (asistencialismo, si prefieren). Sin confrontación con los “intereses concentrados”.

Es el mismo presidente quien afirmó que él no era un revolucionario que pretendía arrojar la realidad por la ventana para reemplazarla por otra realidad, sino un reformista que creía que dentro del “sistema establecido” era posible avanzar.

Dije públicamente también, desde mi humilde criterio, que no había contexto internacional para otra cosa y que no sería fácil construir ese contexto deseado. Y que tampoco había contexto nacional, desde la “subjetividad hegemónica”, para aspirar a más.

Así que podríamos decir que el proyecto político-ideológico del Frente de Todos no se ha desviado de sus anuncios de campaña, pero que sí tiene problemas para materializarlos. Son claros ejemplos: Marcha atrás con la expropiación de Vicentín. Retraso increíble en el aporte de las grandes fortunas. Toma de tierras por parte de sectores ya vulnerados, repudiada. Toma de tierras por parte de sectores privilegiados, bendecida. Aumento de precios. Dólar blue. Condiciones del FMI. El Poder Judicial, irreprochable. Etcétera.

“Intereses concentrados”, “subjetividad hegemónica”, “sistema establecido”. Podrían agregarse “complejidad del contexto”, “puja distributiva” y “poder real”. Estas son las justificaciones para el poco avance del gobierno del Frente de Todos en su propio proyecto, desde sus propios dirigentes y voceros.

Otra vez desde mi humilde criterio, creo que el problema es ideológico y radica en la utilización de estas metáforas. Todas ellas nos conducen a una misma realidad: la dominación de clase. Y esto es algo que el peronismo gobernante no admite, porque implica alentar la lucha de clases, bandera del marxismo histórico, en sus versiones ortodoxas y heterodoxas.

La lucha de clases, tan antipática y disolvente como la juzga nuestro colonizado “sentido común”, es tan sólo un conflicto, abierto, encubierto o latente, como todo conflicto. Y su fundamento es la puja de intereses antagónicos (materiales y/o ideológicos), como lo es en todo conflicto. Así de simple. Si el conflicto es abierto o latente, no pasa nada. Se resolverá de algún modo, más tarde o más temprano. El problema es encubrirlo.

La clase dominante, o como quieran nombrarla, con la metáfora que prefieran, no es otra cosa que un conjunto de poderosas empresas que imponen sus criterios de inversión y distribución a los gobiernos y que implantan sus bienes y servicios a los consumidores, rompiendo o adaptando reglas y competidores, a través de la “mano invisible del mercado”.

El pequeño y mediano productor agropecuario, el pequeño y mediano empresario, el asalariado de clase media que paga impuesto a las ganancias, no pertenecen a la clase dominante, pero una buena parte tiene su “sentido común” colonizado por ella.

Porque esta dominación de clase no se ejerce sólo por la fuerza bruta. Necesita de un “sentido común” que la sostenga. Eso se llama hegemonía y consiste en que la clase dominante logre que sus intereses sean percibidos como propios por una gran parte de la sociedad.

Esta dominación de clase no funciona sólo en el campo económico. No es sólo el dinero, es además el poder. Porque la desigualdad es también ideológica. Si así no fuera, la clase dominante, aún concentrando todo su imperio material,  no invertiría en el mundo millones de dólares en crear y sostener un “sentido común” favorable a sus intereses, a través de medios y redes, lo que significa que hay mucha gente (la necesaria) fácilmente influenciable por sus periodistas e internautas asalariados.

Es por eso que la “complejidad del contexto”, o la metáfora que prefieran, aparece y encanta cuando se defienden los privilegios de la clase dominante. Pero cuando se defienden los derechos del pueblo, esas apariencias encantadoras se esfuman para dar paso a la contención cristiana o a la represión fascista, según la convicción o conveniencia del gobierno, cualquiera sea, sobre el soporte, en cualquier caso, del “sentido común” hegemónico.

Es por todo ello que al Frente de Todos le cuesta muchísimo ser lo que quiere ser: un buen gobierno burgués (pero progresista), con una política económica desarrollista (o keynesiana, como quieran) y una política social de recuperación de los sectores ya vulnerados y de protección de aquellos que se mantienen en la línea de flotación de la vulnerabilidad (asistencialismo, si prefieren). Sin confrontación con los “intereses concentrados”.

Gobernar no puede ser sólo administrar esta “complejidad del contexto”, estos “intereses concentrados”, esta “subjetividad hegemónica”, este “sistema establecido”, esta “puja distributiva”, este “poder real”. Gobernar debiera ser, para un gobierno nacional y popular, hacer visibles estas metáforas en su profunda realidad y ocuparse, junto al pueblo trabajador, de transformarlas en favor de sus necesidades y expectativas, que no son las mismas que las de la clase dominante.

💻 Conducción nacional de Compromiso y Participación (COMPA) en el Frente de Todos.

Circula en mi cabeza lo que dijo Cristina muchas veces en foros nacionales e internacionales: que es pro-capitalista, pero que quiere un capitalismo “en serio”, es decir, un capitalismo productivo y no un capitalismo financiero. A ello le agregó, en la presentación de su libro en Cuba, que prefería ese capitalismo productivo conducido por el Estado y no por el Mercado. Puso a China como ejemplo. Desde Cuba. Ambos países, “oriundos del marxismo”.

La realidad no es un límite, es un punto de partida. Porque la única verdad es la realidad que se transforma…

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