✍️ Por Walter Petina 📰
Tenía cinco años el 24 de marzo de 1976.
A esa edad no hay historia, hay clima. Y el clima era raro. Denso. Inexplicable. No había palabras para nombrarlo, pero había gestos. Silencios. Conversaciones que se cortaban cuando uno entraba a la habitación. Adultos que bajaban la voz. Miradas que se cruzaban con una complicidad que no incluía a los chicos.
Crecí ahí. Entre lo que no se decía.
No podría afirmar que en mi casa se defendía la dictadura. Tampoco podría decir lo contrario. Lo que sí puedo decir es que había una mezcla incómoda de ignorancia, miedo y adaptación. Como si lo mejor que se podía hacer fuera no entender demasiado. No preguntar demasiado. No meterse.
Y eso, con los años, se transforma en algo peor: naturalización.
Mi infancia y mi adolescencia estuvieron atravesadas por esa niebla. Sabía, como se sabe cualquier cosa en una casa, que algo había pasado. Que había «desaparecidos». Pero también convivía con frases que hoy suenan brutales, pero que en ese momento circulaban con liviandad: «por algo habrá sido», «algo habrán hecho», «no te metás».
Ese «no te metás» fue, quizás, la consigna más eficaz de todas.
Después vinieron los noventa. Y si la infancia fue confusión, los noventa fueron anestesia.
Ya no era un chico. Pero tampoco era alguien dispuesto a hacerse preguntas incómodas. Como tantos, estaba más preocupado por sobrevivir, por encontrar un lugar, por construir una estabilidad que siempre parecía frágil. La política, en ese contexto, era algo lejano. Sospechoso. Incluso molesto. Había una especie de consenso implícito: mirar para adelante. No remover. No complicarse.
No fue casual. Era la década del indulto. De la reconciliación forzada. De la «teoría de los dos demonios» convertida en sentido común. De un país que, en nombre de la modernidad y el consumo, eligió no mirar su pasado reciente.
Y yo, en ese momento, acompañé. No por convicción. Por inercia. Por comodidad. Por esa forma de vagancia que no es física, sino moral: la de no querer saber.
Pero la historia, a veces, vuelve. Y vuelve mal.
El 2001 fue, para muchos de nosotros, un punto de quiebre. No sólo económico. No sólo institucional. Fue, también, un golpe a esa idea de que uno podía vivir al margen de lo colectivo.
Salir a la calle en esos días no fue un gesto heroico. Fue una reacción. Pero en esa reacción empezó a romperse algo. O mejor dicho, a despertarse.
Ahí empecé a entender que la política no era un problema ajeno. Que el «no te metás» o el «soy apolítico» no era neutral. Que la indiferencia también construye realidad.
Y en ese proceso aparece 2003.
No voy a romantizar. Pero sí voy a reconocer lo que significó. Para mí, y para muchos.
La llegada de Néstor Kirchner a la presidencia de la Nación, marcó un cambio de época. No porque haya inventado la memoria, la verdad o la justicia. Eso ya estaba en las calles, en las Madres, en las Abuelas, en los organismos de derechos humanos que nunca dejaron de luchar y resistir. Pero sí porque el Estado, por primera vez en mucho tiempo, se puso en sintonía con esa lucha.
La anulación de las leyes de obediencia debida y punto final. La reapertura de los juicios. Los cuadros bajados en el Colegio Militar. La transformación de la ESMA en un espacio de memoria. No fueron gestos aislados. Fueron señales.
Se podía volver a mirar. Se podía, incluso, hacerse cargo.
Para alguien como yo, que había crecido en la ambigüedad y había transitado los noventa en una especie de letargo, eso fue un sacudón. Una invitación, si se quiere, a revisar.
Y revisar no es cómodo.
Porque implica reconocer no sólo lo que uno no sabía, sino lo que eligió no saber.
Implica también entender que la historia no es algo que les pasa a otros. Que nos atraviesa. Que nos constituye.
Durante esos años hubo algo que volvió a circular: la idea de que la política podía ser una herramienta de transformación. Que no era sólo gestión. Ni marketing. Ni relato vacío. Que podía ser, también, compromiso.
Argentina, en ese momento, volvió a ocupar un lugar distinto en el mundo. No sólo por su economía o su diplomacia. Sino por su decisión de juzgar a los responsables de uno de los períodos más oscuros de su historia reciente.
No es menor.
Porque hay países que eligen olvidar. Y hay países que eligen recordar.
Y esa elección no es simbólica. Tiene consecuencias.
Este 24 de marzo me va a encontrar en Plaza de Mayo una vez más. No como un gesto automático ni como una cita de calendario, sino como una decisión consciente. Estar ahí, entre miles, no es sólo recordar: es validar que hay algo que nos excede como individuos. Que esa historia que durante años esquivé, hoy me convoca. Que el «no te metas» perdió definitivamente la batalla, al menos para mí. La plaza tiene algo de termómetro y de refugio. Se va a escuchar, pero también a decir presente. A confirmar que no todo está perdido mientras haya cuerpos ocupando ese espacio.
Y en ese devenir también está mi hija. Tiene 18 años. Nació y creció en democracia. Para ella, muchas de estas cosas no son experiencia vivida, sino relato. Y ahí aparece otra responsabilidad. Porque lo que no se transmite, se pierde. Por eso tratar de que no sea un discurso vacío ni una bajada de línea, sino una construcción. Contarle, escucharla, discutir incluso. Entender que su mirada no es la mía, pero que hay ciertos puntos que no pueden quedar librados a la confusión o al relativismo. Si algo aprendí es que cada generación recibe una historia, pero también decide qué hace con ella. Y en ese traspaso -imperfecto, incompleto, pero necesario- se juega buena parte de lo que viene.
En este proceso también aparece ENAC. No como una estructura abstracta, sino como un espacio que, en lo cotidiano, nos obliga a mantenernos despiertos. A no naturalizar. A discutir. A incomodarnos cuando hace falta. En tiempos donde el intento es correr el eje, banalizar o directamente negar, tener ámbitos colectivos que sostengan memoria activa es fundamental. No alcanza con recordar una vez al año. La memoria, si no se ejercita, se diluye. Y ENAC, en ese sentido, funciona como un recordatorio permanente de que hay que estar alertas, incluso -o sobre todo- cuando parece que ya está todo dicho.
Por eso, cuando hoy, a cincuenta años del golpe, aparecen discursos que buscan relativizar, negar o directamente borrar lo ocurrido, no estamos frente a un debate más. Estamos frente a una disputa profunda.
Los gobiernos de Mauricio Macri primero, y de Javier Milei ahora, con matices, forman parte de esa continuidad que intenta reconfigurar el sentido común sobre aquellos años. No siempre de manera explícita. A veces a través del desfinanciamiento de políticas de memoria. Otras, mediante la banalización. O la teoría del «exceso». O la idea de que hay que «dar vuelta la página».
Pero una página que no se leyó nunca, no se puede dar vuelta.
Y una página que se arranca, deja marcas.
Lo que está en juego no es sólo el pasado. Es el presente. Y el futuro.
Porque si se logra instalar que no fue tan grave, que no fueron tantos, que «algo habrán hecho», entonces todo vuelve a ser posible.
Por eso la lucha de las Madres, de las Abuelas, de los familiares de detenidos desaparecidos, no es una causa del pasado. Es una construcción del presente. Es una forma de sostener un límite.
Un límite ético.
Yo tardé muchos años en entenderlo. Demasiados.
Pasé de la ignorancia al miedo. Del miedo a la indiferencia. De la indiferencia al despertar.
No es un recorrido del que me enorgullezca. Pero es el que tuve.
Y quizás por eso, hoy, a cincuenta años del golpe, lo único que me parece honesto es decirlo así. Sin épica. Sin impostura.
Entender no borra el pasado.
Pero al menos evita repetirlo.
✍️ Walter Petina es Socio de ENAC – La Asociación de Empresarios y Empresarias Nacionales 📰

