✍️ Por Santiago Blas 📰
Cada vez que se acerca una elección, la política argentina vuelve a caer en la misma discusión: quién será candidato, quién mide mejor, quién tiene más estructura territorial, quién cuenta con el respaldo de un gobernador, de un presidente o de un líder partidario. La provincia de Buenos Aires ya comenzó a recorrer ese camino. Empiezan a sonar nombres para suceder a Axel Kicillof y cada espacio político comienza a mover sus fichas.
Sin embargo, creo que la discusión más importante no pasa por los nombres. Pasa por otra pregunta mucho más profunda: ¿la política está preparada para volver a encontrarse con la sociedad?
Porque si analizamos con honestidad lo que ocurre desde hace varios años, veremos que existe un fenómeno que atraviesa a todos los partidos políticos, sin excepción. La política fue tomando decisiones cada vez más lejos de la gente. Se profesionalizó, se tecnificó, se encerró en mesas de negociación, en encuestas y en estrategias de comunicación, pero fue perdiendo algo mucho más importante: el contacto cotidiano con el vecino.
Ese alejamiento hoy tiene consecuencias visibles. La participación electoral disminuye. Crece el voto bronca. Aumenta la apatía. Muchos ciudadanos sienten que, gane quien gane, sus problemas siguen siendo los mismos. Y cuando una sociedad deja de creer que la política puede transformar su realidad, comienza un proceso muy peligroso para cualquier democracia.
Por eso sostengo que la elección bonaerense de 2027 no debería discutirse solamente desde el punto de vista político. También debe analizarse desde el punto de vista electoral. Porque política y sistema electoral son dos caras de una misma moneda. Si una se separa de la otra, aparece el divorcio entre dirigentes y ciudadanos.
La política necesita volver a legitimarse frente a la sociedad. Y la legitimidad no se construye únicamente ganando elecciones. Se construye permitiendo que la gente participe de verdad en la construcción de las candidaturas.
Durante muchos años vimos cómo las listas comenzaron a definirse por acuerdos de cúpula. La famosa lapicera reemplazó a la militancia. Los acuerdos internos reemplazaron al debate. Los dirigentes empezaron a ser elegidos por otros dirigentes y no por los afiliados, los militantes o los ciudadanos que integran cada espacio político.
Ese sistema pudo haber servido para ordenar algunos frentes, pero también produjo un enorme costo institucional: miles de personas dejaron de sentirse representadas.
Cuando un vecino cree que todo ya está decidido antes de llegar al cuarto oscuro, pierde el incentivo para participar. Cuando un militante entiende que nunca tendrá la oportunidad de competir porque las candidaturas ya vienen definidas, deja de involucrarse. Cuando un dirigente territorial observa que el esfuerzo de años puede quedar condicionado por una decisión tomada desde una oficina, comienza la frustración política.
Por eso creo que la provincia de Buenos Aires tiene una oportunidad histórica.
Si finalmente existe un desdoblamiento electoral, la discusión no debería limitarse a quién será el próximo gobernador. Debería aprovecharse ese escenario para debatir un modelo político mucho más abierto, donde la competencia democrática vuelva a ocupar el lugar que nunca debió perder.
Las PASO, u otro mecanismo interno transparente y participativo, no deberían ser vistas como un problema sino como una herramienta de fortalecimiento institucional. Permitir que dentro de un mismo frente existan distintas listas, distintos proyectos y distintos liderazgos no divide a un espacio político; por el contrario, lo legitima.
No todos los peronistas piensan igual. No todos los radicales piensan igual. No todos los dirigentes de La Libertad Avanza tienen la misma mirada. Tampoco ocurre dentro del PRO ni de ninguna otra fuerza política. Entonces, ¿por qué impedir que esas diferencias se expresen democráticamente?
Las sociedades modernas no le temen a la pluralidad. La incorporan. La organizan. La transforman en participación.
Quien resulte ganador de una competencia transparente llegará fortalecido. Tendrá legitimidad. Tendrá respaldo. Habrá recorrido la provincia escuchando a los vecinos y defendiendo sus propuestas. No será solamente el candidato de una conducción política; será el candidato que logró convencer a la ciudadanía.
Y eso cambia completamente la relación entre la política y la sociedad.
La provincia de Buenos Aires concentra casi el cuarenta por ciento del padrón electoral argentino. Lo que ocurra aquí tendrá consecuencias nacionales. Pero la verdadera batalla no será únicamente entre oficialismo y oposición. Será una batalla mucho más profunda: la de reconstruir la confianza entre los ciudadanos y quienes pretenden gobernarlos.
Porque ningún proyecto político puede sostenerse durante mucho tiempo si la sociedad deja de creer en sus instituciones.
La política necesita recuperar la credibilidad. Necesita volver a caminar los barrios sin cámaras. Necesita escuchar más y hablar menos. Necesita dejar de construir candidaturas exclusivamente desde los escritorios y volver a construir liderazgo desde el territorio.
Quizás haya llegado el momento de entender que el mayor desafío del 2027 no será definir quién ocupará el despacho del gobernador.
El verdadero desafío será demostrar que la política todavía puede representar a la sociedad.
Porque cuando la política se divorcia de la sociedad, pierde la democracia.
Pero cuando la sociedad vuelve a sentirse protagonista de las decisiones, no solamente ganan los candidatos. Gana la participación. Gana la legitimidad. Y, por encima de todo, gana la República.

✍️ Santiago Blas es Editor de www.lecturapolitica.ar

