Dormir varias horas y despertarse agotado. Revisar el celular antes de levantarse de la cama. Responder mensajes fuera del horario laboral y estar virtualmente disponible incluso en ratos de ocio, ya sea en el gimnasio, leyendo un libro o mirando una serie. Y aun así sentir que el día no alcanza. Vivimos en una época en la que la sensación de cansancio parece haberse convertido en una experiencia compartida por trabajadores, estudiantes, madres, padres y jóvenes. Pero ¿se trata de una percepción individual o de una característica de época?
A esa pregunta intenta responder el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en “La sociedad del cansancio”, su obra más popular en la que describe una era marcada por la exigencia constante, la búsqueda de rendimiento y la dificultad para desconectarse. Sin embargo, especialistas de distintas disciplinas de la Universidad Nacional de La Plata advierten que el fenómeno es más complejo y que para comprenderlo cabalmente es necesario observar tanto las transformaciones en el mundo del trabajo como los cambios en los vínculos sociales, los hábitos cotidianos y la salud mental.
¿Cansados o agotados?
Para Julieta De Battista, doctora en Psicopatología, profesora de la Facultad de Psicología de la UNLP e investigadora independiente de la Comisión de Investigaciones Científicas bonaerense, es clave hacer una primera distinción: no es lo mismo estar cansado que estar agotado.
Según explica, el cansancio forma parte de la experiencia humana y está ligado a los límites propios del cuerpo. Lejos de ser un problema en sí mismo, puede funcionar como una señal que obliga a detenerse y reconocer la propia vulnerabilidad.
“El cansancio confronta a cada uno con su finitud, con lo que el cuerpo puede y con lo que ya no puede. Introduce una pausa, un límite y abre la posibilidad del descanso”, sostiene.
Desde esta perspectiva, cansarse sería una experiencia inherente a la condición humana. El agotamiento, en cambio, responde a otra lógica: una exigencia permanente que parece no encontrar límites, sin pausas ni momentos de detención o desconexión.
“Siempre se podría hacer algo más o algo mejor”, sintetiza De Battista. El resultado es una sensación de desgaste que atraviesa distintas edades y situaciones de vida. Y entonces es habitual escuchar a adolescentes, adultos y personas mayores repetir expresiones del tipo “estoy quemado”, “no doy más” o “estoy agotado”.
Esta exigencia permanente no se limita al trabajo, aclara la investigadora. También aparece en la crianza, en el cuidado de familiares, en el tiempo libre e incluso en el disfrute, convertido muchas veces en una obligación más. Ni siquiera parece haber espacio para aburrirse.
De Battista observa además una situación cada vez más frecuente entre las mujeres. El aumento de la expectativa de vida y la postergación de la maternidad hacen que muchas deban sostener simultáneamente un empleo, la crianza de hijos y el cuidado de padres mayores. En una sociedad donde las tareas de cuidado continúan recayendo principalmente sobre ellas, el agotamiento encuentra allí un terreno fértil.
Cuando el trabajo no termina nunca
Desde la sociología, Mariana Busso, profesora de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP e investigadora del Conicet, considera que el cansancio contemporáneo no puede analizarse únicamente como un problema individual.
“La intensificación del trabajo supone un incremento de las horas dedicadas a generar ingresos económicos y también de las actividades que se realizan de manera paralela”, explica.
Cada vez más personas combinan distintos empleos o desarrollan múltiples actividades simultáneamente para complementar ingresos, observa Busso. Una situación en la que se insertan las tecnologías digitales con sus dispositivos, que permiten estar disponibles prácticamente todo el tiempo.
“Los tiempos de trabajo se extienden y permean los espacios y tiempos de no trabajo, como el descanso, el tiempo en familia, el disfrute o el ocio”, alerta.
La expansión del trabajo mediado por plataformas, la posibilidad de responder correos o mensajes desde cualquier lugar, el celular como una prótesis más del cuerpo y la permanente necesidad de estar conectado generan una progresiva disolución de las fronteras entre la vida laboral y la vida personal.
Busso señala además que estas dinámicas impactan de manera desigual. En el caso de las mujeres, especialmente aquellas que son madres, las exigencias laborales suelen sumarse a las tareas domésticas y de cuidado, que continúan recayendo mayoritariamente sobre ellas. La consecuencia es una reducción cada vez mayor de los tiempos disponibles para el descanso físico y mental.
Aunque la noción de “sociedad del cansancio” resulta útil para describir algunos rasgos de la época, la investigadora advierte que el agotamiento contemporáneo no puede explicarse únicamente por la autoexigencia individual. Las condiciones económicas, la pérdida de poder adquisitivo y la necesidad de multiplicar actividades para sostener ingresos también forman parte del problema.
El cuerpo pasa factura
En este contexto, el cansancio es uno de los síntomas más frecuentes de consulta en la práctica clínica. Así lo cuenta Silvana Pujol, médica psiquiatra y profesora titular de Psiquiatría de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNLP.
“Detrás de este síntoma suele haber dificultades para el manejo del estrés cotidiano, trastornos del sueño, estados depresivos, ansiedad o consumo de sustancias”, enumera.
Para la especialista, la vida contemporánea favorece la “cronificación” de la fatiga. El ritmo acelerado y la necesidad de responder permanentemente generan estados sostenidos de alerta que terminan afectando la salud física y mental.
En este sentido, y si bien existe un consenso general entre especialistas en torno a las siete y nueve horas de sueño para la población adulta, las entrevistadas coinciden en que el problema excede la cantidad de horas dormidas. La calidad del descanso, la posibilidad de desconectarse y la existencia de tiempos reales de pausa aparecen como factores igualmente relevantes.
De hecho, Pujol advierte que los trastornos del sueño son cada vez más frecuentes y que el uso intensivo de pantallas afecta los mecanismos biológicos que favorecen el descanso. La exposición a dispositivos electrónicos antes de dormir interfiere con la producción de melatonina, una hormona fundamental para conciliar el sueño.
“En un mundo de hiperconexión, paradójicamente falta el encuentro y abundan los desencuentros, los malos entendidos y la ansiedad por la respuesta inmediata”, afirma.
A ello se suman nuevas formas de dependencia asociadas al uso compulsivo de redes sociales, internet, apuestas online o compras digitales, fenómenos que también impactan en el bienestar psicológico.
La creciente naturalización del cansancio es otro aspecto en el que Pujol pone la lupa. Muchas personas recurren a energizantes, suplementos o automedicación buscando soluciones rápidas, cuando la clave estaría en modificar los hábitos que anidan en el origen del problema.
No deja de resultar actual aquella observación de Jorge Luis Borges en uno de sus poemas dedicados al sueño: “Una pastilla puede borrar el cosmos y erigir el caos”. Pujol coincide: “Siempre es más fácil tomar una pastilla que cambiar hábitos”.
La paradoja de estar siempre conectados
Aunque desde perspectivas diferentes, las tres especialistas hacen hincapié en el lugar central que ocupa la hiperconectividad en la vida cotidiana.
De Battista advierte que el tiempo destinado a los dispositivos digitales puede estar desplazando experiencias fundamentales para la construcción de vínculos y la vida comunitaria.
“Hay una fragilización de los lazos. El tiempo que le dedicamos a los aparatos es tiempo que no destinamos a las relaciones humanas”, distingue.
La especialista propone incluso invertir una pregunta habitual. Más que preguntarse qué consumimos a través de nuestros teléfonos y dispositivos, invita a reflexionar cuánto tiempo, atención y energía consumen esos mismos dispositivos en nuestras vidas. La pregunta surge casi de manera inevitable: “¿Quién está consumiendo a quién?”.
La investigadora también llama la atención sobre el crecimiento de la soledad, un fenómeno que distintos especialistas consideran uno de los principales desafíos de la salud mental contemporánea.
“Hace años que se habla de una pandemia más silenciosa y más grave en salud mental que es la soledad”, asevera.
Pujol agrega que el uso intensivo de pantallas afecta directamente la calidad del sueño, mientras que Busso observa que la conexión permanente se vincula con nuevas formas de organización laboral donde la disponibilidad constante se vuelve una exigencia implícita, especialmente entre las generaciones más jóvenes.
La tecnología, acuerdan, ofrece enormes posibilidades de comunicación y acceso a la información, pero también plantea nuevos desafíos respecto del uso del tiempo, la atención y la calidad de los vínculos.
Dicho esto, el cansancio contemporáneo no puede explicarse por una única razón, sino que es una problemática multicausal. Las exigencias laborales, la incertidumbre económica, la hiperconectividad, la transformación de los vínculos sociales y las dificultades para desconectarse conforman un entramado complejo que atraviesa la vida cotidiana. En este contexto, recuperar espacios de pausa aparece como uno de los principales desafíos de la época.

